El 2 de abril de 1982 quedó grabado como una de las fechas más trascendentes de la historia argentina. Aquel día, el país llevó adelante una operación militar que modificó el rumbo político, social y simbólico de la Nación: el desembarco en las Islas Malvinas con el objetivo de recuperar un territorio que se encontraba bajo dominio británico desde 1833.

Para comprender cómo se llegó a ese momento, es necesario retroceder algunos días y situarse en el contexto de un país atravesado por tensiones internas. A fines de marzo de 1982, mientras en las calles crecía el malestar social y se organizaban protestas bajo consignas como “paz, pan y trabajo”, en los niveles más altos del poder se tomaba una decisión de enorme impacto: la Junta Militar resolvía ejecutar un plan para recuperar las islas en el corto plazo.

La determinación fue adoptada el 26 de marzo y, desde ese momento, comenzó una carrera contrarreloj. Las Fuerzas Armadas disponían de apenas unos días para organizar una operación compleja, que implicaba coordinar recursos humanos, logísticos y estratégicos en condiciones climáticas adversas. El Atlántico Sur presentaba un escenario difícil y, además, el avance del otoño imponía un límite temporal: había que actuar antes de la llegada del invierno.

Para cumplir con ese objetivo, se conformó rápidamente una fuerza anfibia integrada por efectivos del Ejército y la Armada. La planificación se realizó bajo un estricto secreto: muchos de los participantes desconocían el destino final hasta estar en plena misión. Este nivel de confidencialidad era considerado esencial para garantizar el éxito de la operación y evitar filtraciones que alertaran al Reino Unido.

En un principio, el plan recibió el nombre de “Operación Azul”, aunque posteriormente fue rebautizado como “Operación Rosario”. Este cambio no fue casual: el nuevo nombre hacía referencia a la tradición religiosa y a antecedentes históricos en los que se invocó protección espiritual en enfrentamientos contra fuerzas británicas.

La misión tenía objetivos concretos y bien definidos. Entre ellos se encontraban neutralizar a la reducida guarnición británica, tomar el control de los puntos estratégicos —como la gobernación y el aeródromo— y asegurar las condiciones necesarias para establecer una presencia argentina en el archipiélago.

Finalmente, durante la madrugada del 2 de abril, la operación se puso en marcha. Cerca de Puerto Argentino, grupos de fuerzas especiales avanzaron de manera sigilosa con el fin de sorprender a las tropas británicas. En paralelo, desde el mar, otras unidades se desplegaron para garantizar el control de puntos clave, como el faro y las zonas de desembarco.

Uno de los movimientos centrales fue el arribo de tropas transportadas por buques anfibios, que permitieron el desembarco de soldados encargados de asegurar el aeródromo. Este paso era fundamental, ya que posibilitaba establecer un puente aéreo y consolidar la operación desde el punto de vista logístico.

El avance de las fuerzas argentinas fue coordinado y rápido. Las tropas convergieron sobre la capital de las islas desde distintos puntos, rodeando la sede del gobierno local. La estrategia buscaba minimizar enfrentamientos prolongados y evitar bajas innecesarias, en línea con la idea de lograr una ocupación eficaz en el menor tiempo posible.

Hacia las primeras horas de la mañana, los principales objetivos ya estaban cumplidos. El aeródromo había sido asegurado y las posiciones clave se encontraban bajo control argentino. Finalmente, el gobernador británico, Rex Hunt, se rindió, lo que marcó el cierre de la fase inicial de la operación.

El resultado inmediato fue considerado exitoso desde el punto de vista militar: en pocas horas, Argentina había logrado tomar el control del archipiélago mediante una acción cuidadosamente planificada. La noticia generó una fuerte repercusión tanto a nivel nacional como internacional.

Sin embargo, este hecho no puede entenderse sin tener en cuenta el trasfondo histórico del reclamo argentino sobre las Malvinas. Desde la ocupación británica en el siglo XIX, distintos sectores políticos e intelectuales sostuvieron la reivindicación de la soberanía, argumentando vínculos geográficos, históricos y jurídicos con el territorio.

Además, la operación de 1982 no surgió de manera improvisada. Existían antecedentes de planificación y estudios estratégicos en el ámbito militar que, durante décadas, analizaron la posibilidad de una acción para recuperar las islas.

En ese sentido, el desembarco del 2 de abril fue el resultado de una combinación de factores: una decisión política tomada en un contexto de crisis interna, una planificación militar acelerada pero basada en ideas previas, y una ejecución que buscó ser precisa y rápida.

A partir de ese momento, se abriría una nueva etapa que derivaría en el conflicto bélico con el Reino Unido. Pero aquella jornada inicial quedó como un hito que marcó profundamente la identidad nacional y que, con el paso del tiempo, se convirtió en una fecha de memoria y homenaje para quienes participaron en la guerra.

abril 2, 2026