Bajo las calles de Buenos Aires existe una intrincada red de pasajes que, invisibles a quienes caminan por la ciudad, custodian siglos de historia, leyendas y restos de civilizaciones que se entrelazan con la vida contemporánea de la capital argentina. Lo que para muchos porteños es simplemente asfalto, edificios y tráfico, esconde un mundo subterráneo que ha sobrevivido al paso del tiempo y a la expansión urbana, y que hoy vuelve a atraer la atención de académicos, curiosos y turistas por igual.
Orígenes y desarrollo histórico
Gran parte de estos túneles datan de épocas anteriores a la urbanización moderna de Buenos Aires. Algunos pasajes subterráneos se remontan al período colonial, cuando la ciudad todavía conservaba su estructura de poblado virreinal. En ese entonces, la construcción de túneles cumplía funciones diversas: desde facilitar la circulación entre edificios religiosos y gubernamentales hasta servir como rutas de escape o comunicación en momentos de riesgo bélico o político.
Uno de los conjuntos más emblemáticos de estas galerías se encuentra bajo la Manzana de las Luces, en el casco histórico porteño. Esta zona fue un centro neurálgico durante los siglos XVII y XVIII, y los túneles que aún se conservan allí fueron excavados por la orden de los jesuitas y posiblemente otras autoridades coloniales. Aunque se desconocen con exactitud quiénes construyeron todos los sectores, cuándo fue cada trazo y con qué propósito específico, los pasadizos reflejan un entramado complejo de comunicación entre iglesias, residencias, escuelas y sedes administrativas de la época.
Mitos, investigaciones y leyendas urbanas
Las galerías subterráneas han sido durante décadas fuente de rumores, especulaciones e historias populares. Según algunos relatos tradicionales, estos túneles habrían servido para transportar mercancías de contrabando, ocultar bienes valiosos o incluso permitir la huida de personajes poderosos en momentos de conflicto o peligro. Otras versiones sostienen que tenían un uso defensivo, como refugio ante ataques de fuerzas externas —por ejemplo, durante las invasiones inglesas de principios del siglo XIX— aunque estas hipótesis carecen de pruebas concluyentes.
Algunos investigadores urbanos señalan que muchos de los episodios mencionados más como leyenda que como historia documentada se transmitieron de forma oral y han sido luego amplificados por la cultura popular. No obstante, el hallazgo de restos arqueológicos, planos antiguos y testimonios de excavaciones respaldan que, bajo Buenos Aires, existió y existe una vasta red de pasajes y cámaras que cumplen funciones variadas.
El Zanjón de Granados y otras estructuras recuperadas
Entre los lugares más conocidos donde hoy se puede experimentar este mundo subterráneo está el Zanjón de Granados, en el barrio de San Telmo. Allí se presentan túneles que datan desde los primeros asentamientos de la ciudad, con restos de aljibes, cisternas y artefactos que muestran cómo era la vida cotidiana siglos atrás. Este sitio abrió una ventana tangible a la historia colonial y continuó siendo un punto de interés hasta nuestros días.
También existen pasadizos bajo otras iglesias y conjuntos arquitectónicos antiguos, como los túneles bajo la Iglesia de Santa Felicitas en Barracas, que han sido parcialmente recuperados y, en algunos casos, incorporados a circuitos turísticos y visitas guiadas para quienes desean conocer esta dimensión invisible de Buenos Aires.
Descubrimientos arqueológicos recientes
En años recientes, incluso las autoridades culturales y museísticas han impulsado la reapertura y difusión de estos espacios subterráneos, no solo como vestigios de ingeniería antigua, sino como parte del patrimonio histórico. Por ejemplo, los túneles de la Manzana de las Luces volvieron a abrirse al público con visitas guiadas que permiten recorrer parte del entramado y observar la arquitectura original, los métodos de construcción y los restos asociados a funciones de comunicación, almacenamiento o protección.
Estas actividades no solo despiertan el interés de turistas, sino que también fomentan la reflexión sobre cómo la ciudad creció literalmente a partir de estos cimientos ocultos, y cómo las transformaciones urbanas modernas convivieron con estas galerías durante siglos.
Infraestructuras subterráneas modernas
Además de los túneles antiguos, el subsuelo de Buenos Aires alberga obras de ingeniería que no siempre se perciben como parte de esa misma trama histórica, pero que igualmente permanecen bajo la superficie. Ejemplos notables son los túneles ferroviarios que conectan zonas clave de la ciudad, como el que corre entre el Puerto de Buenos Aires y la estación de Once, construido a comienzos del siglo XX para facilitar el transporte de carga y que aún hoy forma parte de la infraestructura ferroviaria de la capital.
Estos túneles más modernos convivieron con los espacios coloniales y, en algunos casos, comparten el subsuelo con líneas del subte, alcantarillas, servicios públicos o viejas galerías que simplemente fueron tapadas durante la expansión urbana del siglo XX y XXI.
Conservación, turismo y patrimonio
Hoy, muchos de estos túneles históricos han sido rehabilitados como atracciones culturales o espacios para visitas guiadas, que permiten a los porteños y visitantes adentrarse literalmente en las entrañas de la ciudad y descubrir un Buenos Aires que pocos conocen. Estos recorridos ofrecen no solo un paseo físico, sino también un viaje a través de múltiples épocas de la historia porteña, desde sus raíces coloniales hasta la transformación urbana moderna.
La existencia de estas galerías subterráneas no es solo una curiosidad o una leyenda urbana: es un testimonio real de cómo la ciudad se desarrolló en múltiples capas, y cómo esos vestigios siguen influyendo en la identidad cultural y patrimonial de la capital argentina.
