El tradicional café La Biela celebra sus 75 años como uno de los espacios más representativos de la vida porteña, aunque su historia es bastante anterior al nombre que hoy lo identifica. Ubicado en una esquina privilegiada de la ciudad, frente a la plaza Francia en el barrio de Recoleta, este Bar Notable atravesó múltiples transformaciones desde el siglo XIX, cuando en ese mismo sitio funcionaban distintos tipos de comercios.
Recién a mediados del siglo XX comenzó a configurarse el perfil que lo convertiría en un punto de referencia cultural y social. En aquellos años iniciales, el lugar era un pequeño bar con apenas 18 mesas y llevaba un nombre curioso: “La Viridita”, escrito con “i”. Esa denominación surgía de una situación cotidiana: un vecino pedía a quienes estacionaban sus motos que no dañaran la “veredita”, palabra que con el uso derivó en ese apodo particular.
Con el paso del tiempo, el bar cambió de identidad y pasó a llamarse Aerobar. Sin embargo, su nombre definitivo apareció en la década del 50, cuando la zona comenzó a ser frecuentada por apasionados del automovilismo. Según cuenta la tradición, uno de los clientes habituales sufrió la rotura de la biela de su auto justo frente al local, antes de entrar a tomar un café. Esa anécdota, vinculada al mundo mecánico, terminó inspirando el nombre que se mantendría hasta hoy. Desde entonces, el lugar quedó fuertemente asociado a pilotos, mecánicos y fanáticos de los motores, que lo adoptaron como punto de encuentro.
A medida que pasaron los años, el público del bar se fue diversificando. A los entusiastas del automovilismo se sumaron figuras del ámbito intelectual, artístico y empresarial. Personalidades como Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares formaron parte de la clientela habitual, compartiendo espacio con celebridades, turistas y vecinos. Así, La Biela se consolidó como un ámbito donde distintas generaciones y mundos culturales se cruzaban de manera natural.
La historia del café no estuvo exenta de dificultades. Uno de los episodios más críticos ocurrió en la década del 70, cuando un incendio afectó seriamente sus instalaciones. A pesar de la magnitud del daño, el lugar logró reponerse tras una importante reconstrucción. Lejos de perder relevancia, el bar reforzó su presencia en la zona y continuó adaptándose a los cambios sin resignar su esencia.
Parte de esa evolución se percibe también en su estructura. Con el tiempo, se expandió hacia la vereda, incorporando mesas al aire libre frente a la plaza, una imagen que hoy es característica del paisaje urbano porteño. Ese escenario, acompañado por un histórico gomero que domina la escena, se convirtió en una postal emblemática para quienes visitan la ciudad.
En el interior, en tanto, el café fue actualizándose sin abandonar su estilo clásico. Predominan las maderas, los detalles tradicionales y una disposición pensada para recibir a un público numeroso a lo largo de todo el día. Su propuesta gastronómica acompaña esa dinámica, con opciones que van desde desayunos hasta cenas.
En el marco de su 75° aniversario desde que adoptó el nombre La Biela, el bar recibió un reconocimiento oficial por parte de la Legislatura porteña. El homenaje, que contó con la participación de representantes del sector gastronómico y autoridades, destacó su trayectoria y su aporte a la identidad cultural de Buenos Aires, reafirmando su lugar como uno de los cafés más emblemáticos de la ciudad.
