En una de las zonas más emblemáticas de la Ciudad de Buenos Aires —el barrio de San Telmo— se encuentra una construcción peculiar que, más allá de su apariencia humilde, encierra un enorme valor histórico, cultural y urbano. Esa construcción es conocida como la Casa Mínima, considerada formalmente la vivienda más angosta de toda la ciudad, y mucho más que una rareza arquitectónica: es un fragmento vivo de la Buenos Aires colonial y postcolonial y, al mismo tiempo, un testimonio de las narrativas populares que se tejen en torno a los espacios urbanos.
Con un frente de apenas 2,5 metros de ancho y una profundidad aproximada de 13 metros, esta pequeña casa se despliega en Pasaje San Lorenzo 380, muy cerca de la conocida calle Defensa, una arteria histórica de San Telmo que respira pasado en cada esquina. La dramática contracción de su fachada —tan estrecha que apenas sobresale entre las construcciones vecinas— la convierte en un punto de referencia obligado para turistas y porteños curiosos, quienes suelen detenerse a observar su perfil angosto y a imaginar cómo habría sido vivir en un espacio tan singular.
Una leyenda que atraviesa generaciones
Más allá de su dimensión física, la Casa Mínima ha sido objeto de una leyenda persistente que por décadas se transmitió de boca en boca: la idea de que esta vivienda fue edificada por un esclavo liberado que, al recibir su libertad, habría obtenido ese pequeño terreno como reconocimiento o compensación de su antiguo amo. Esta historia, teñida de simbolismo, alimentó durante mucho tiempo el apodo con el que se referían los porteños a la vivienda: la Casa del esclavo liberto.
Según ese relato tradicional, la pequeña franja de terreno habría sido donada por un antiguo propietario de la zona —propietario de una de las grandes casas coloniales del barrio— a un hombre que, tras años de servicio, obtuvo su libertad y recibió ese espacio para construir su propio hogar. Más allá del dramatismo y la fuerza narrativa de esta versión, la documentación histórica disponible no confirma la veracidad del mito: no existen registros oficiales ni documentos que respalden que una persona libertada haya sido el fundador de esta vivienda. Sin embargo, la persistencia de la historia dice mucho sobre cómo la memoria social articula pasado y presente en torno a un objeto urbano singular.
Es importante contextualizar este mito dentro de una realidad histórica tangible: en el Buenos Aires de los siglos XVIII y XIX, la población afrodescendiente —compuesta por esclavizados, libertos y sus descendientes— era una presencia significativa en la ciudad y en el Río de la Plata en general. Muchos afroporteños, en particular una vez abolida la esclavitud —un proceso que en Argentina fue gradual y culminó legalmente en 1853, con disposiciones posteriores que reforzaron su aplicación— vivieron en condiciones de precariedad, frecuentemente en espacios marginales dentro de las casonas o en patios comunes, sin acceso a las comodidades que sí tenían las clases más acomodadas.
La historia verdadera detrás de su forma
Aunque la historia romántica del esclavo libertado tiene fuerza, las investigaciones históricas y urbanísticas ofrecen una explicación más prosaica y plausible del origen de la Casa Mínima. Según registros catastrales y estudios de la evolución de la trama urbana, la vivienda no nació como una unidad independiente desde el principio, sino que fue producto de sucesivas subdivisiones y modificaciones edilicias en un lote mucho mayor.
Originalmente, el terreno donde hoy se encuentra esta construcción formaba parte de un edificio colonial más amplio perteneciente a la familia Lezica Peña, propietarios de una gran casa con patio central. Con la transformación del barrio y los cambios demográficos a fines del siglo XIX —especialmente con el arribo masivo de inmigrantes europeos y el desplazamiento de sectores acomodados hacia otras zonas de la ciudad tras episodios como las epidemias de fiebre amarilla—, la gran vivienda colonial fue adaptada y convertida en un conventillo: una forma de ocupación muy común en San Telmo, en la que un caserón se subdividía para alojar a varias familias en condiciones relativamente precarias.
En ese proceso de subdivisión, los dueños originales separaron partes del inmueble —como el antiguo altillo y la entrada de servicio—, generando espacios con características propias: pequeñas habitaciones, patios y sectores que comenzaron a funcionar como unidades de vivienda independientes. Fue así como una porción residual del terreno terminó transformándose en una casa con acceso, cocina, baño y patio propios, aunque notablemente estrecha. Esta modificación estructural dejó una huella que, con el tiempo, cristalizó en la Casa Mínima que conocemos hoy.
Hacia 1890, entonces, la construcción adquirió su configuración actual como vivienda autónoma, y durante décadas sirvió como hogar para la familia Lezica Peña, que luego la alquiló como parte de los espacios del conventillo. Como muchos otros inmuebles antiguos de la zona, con los años fue perdiendo ocupantes, cayó en desuso y quedó abandonada.
La recuperación y la puesta en valor
A comienzos de los años 1990, la Casa Mínima experimentó un giro crucial: en 1994, el empresario y estudioso del patrimonio histórico Jorge Eckstein, conocido por su trabajo en el complejo El Zanjón de Granados, adquirió la propiedad y promovió su restauración. Para ello, convocó a un equipo de arqueólogos que realizó excavaciones en el sitio, buscando elementos originales y trazas de las estructuras antiguas para orientar el proceso de recuperación.
Uno de los elementos más interesantes de esa intervención fue la reconstrucción de la escalera interior, una estructura que conectaba el patio con la planta alta. Al no encontrarse los planos originales, los restauradores se basaron en documentos paralelos —como una pintura del artista uruguayo Figari que mostraba una vivienda similar— para orientar la recreación de esta pieza arquitectónica. Años después, al aparecer los planos originales, se descubrió que la escalera reconstruida tenía una considerable semejanza con la que existió en la construcción original, lo que validó el enfoque adoptado por los restauradores.
Gracias a estas tareas de investigación, rescate y restauración, la Casa Mínima no solo sobrevivió al paso del tiempo, sino que hoy forma parte de la oferta cultural de Buenos Aires. Está integrada al circuito El Zanjón de Granados y puede visitarse con recorridos guiados, acercando a residentes y visitantes a un fragmento tangible de la ciudad más antigua, cargado de capas históricas, mitos y realidades urbanas.
Un patrimonio vivo
Más allá de su estructura física —su puerta verde, el balcón con rejas de hierro, los muros que conservan parte de sus revestimientos originales—, la Casa Mínima es un símbolo de cómo la historia urbana se nutre tanto de datos documentales como de relatos populares. Su presencia en San Telmo nos recuerda la complejidad de la historia porteña: la convivencia de mitos y hechos, la convivencia de diferentes historias de vida, y la manera en que los espacios más humildes pueden convertirse en verdaderos testigos de la memoria colectiva.
Hoy, esta casita diminuta es mucho más que un objeto curioso sobre el plano urbano; es un punto de encuentro entre el pasado colonial, los cambios sociales de la ciudad, las transformaciones arquitectónicas y la imaginación popular que convierte cada piedra, cada pared angosta, en un relato por descubrir.
