Buenos Aires es una ciudad atravesada por capas de historia que muchas veces pasan inadvertidas para quienes la recorren a diario. Entre avenidas, vías ferroviarias y calles residenciales, sobreviven construcciones que no solo desafían el paso del tiempo, sino también las reglas con las que fueron concebidas. La llamada Mansión de Flores es uno de esos casos singulares: un edificio monumental que, desde su origen, se apartó de los moldes urbanos tradicionales y dejó una huella profunda en el desarrollo arquitectónico del barrio.
Ubicada sobre la calle Yerbal, entre Gavilán y Caracas, esta construcción surgió a comienzos del siglo XX en un contexto de transformación acelerada. Lo que hoy se presenta como un gran bloque edilicio con vista hacia las vías del ferrocarril Sarmiento fue, en su momento, una propuesta disruptiva en una zona que estaba dejando atrás su pasado de quintas señoriales y extensos jardines privados.
El terreno donde se levanta el edificio pertenecía originalmente a Inés Indarte de Dorrego y formaba parte de una vasta propiedad de aproximadamente ocho hectáreas. A medida que la ciudad avanzaba, ese espacio comenzó a verse presionado por nuevas normativas y necesidades urbanas. En 1873, una ordenanza municipal prohibió actividades como la caza dentro de la finca luego de que un disparo alcanzara accidentalmente a pasajeros del entonces Tren del Oeste. Este episodio marcó el inicio de una serie de intervenciones que culminarían con la fragmentación del predio.
La apertura de calles y la aplicación del trazado en damero, característico de Buenos Aires, obligaron a la familia propietaria a ceder terreno. Aquella finca originalmente diseñada con criterios paisajísticos europeos terminó dividida, adaptándose al crecimiento de una ciudad que avanzaba sin pausa.
Décadas más tarde, en 1921, la Unión Popular Católica Argentina, impulsada por monseñor Miguel de Andrea, promovió un concurso destinado a la construcción de viviendas con un enfoque innovador. El arquitecto Fermín Bereterbide fue el ganador, presentando un proyecto que se resumía en un concepto clave: priorizar la luz natural y la circulación del aire. Esta idea marcaría un quiebre con el modelo habitual de lotes angostos, patios mínimos y fondos sombríos.
Bereterbide propuso un edificio que ocupara el perímetro completo de la manzana, generando un amplio espacio central común. En lugar de dividir el terreno en parcelas independientes, el conjunto funcionaba como una unidad integrada, donde los residentes compartían jardines y áreas verdes. Esta decisión transformó el interior del complejo en un verdadero pulmón urbano, pensado para el encuentro y la vida comunitaria.
La inauguración tuvo lugar el 12 de enero de 1924 y fue un acontecimiento de gran relevancia social. El acto contó con el padrinazgo del presidente Marcelo Torcuato de Alvear y de su esposa, la reconocida cantante Regina Pacini. El edificio recibió oficialmente el nombre de Mansión Dr. Abel Bazán, aunque con el tiempo sería conocido popularmente como la Mansión de Flores.
Si bien el proyecto surgió bajo una iniciativa de carácter social, no estaba destinado a los sectores más vulnerables. Los 86 departamentos que lo componían eran amplios y contaban con comodidades poco frecuentes para la época, lo que se reflejaba en alquileres elevados. Sus primeros habitantes pertenecían mayoritariamente a la clase media acomodada.
Desde el punto de vista arquitectónico, el diseño tomó inspiración de construcciones parisinas de principios del siglo XX, reinterpretando la idea de palacio urbano dentro de un contexto barrial. Una de sus particularidades fue la eliminación de la jerarquía entre fachada principal y contrafachada, logrando una estética homogénea que fortalecía la identidad del conjunto. Tras atravesar las rejas de hierro forjado, los vecinos accedían a jardines internos con fuentes ornamentales, vegetación frondosa y senderos que invitaban al encuentro cotidiano.
Este espacio central reproducía la vida social de la vereda, pero en un entorno más protegido y cuidadosamente diseñado. Además, el edificio incorporó servicios que lo volvieron prácticamente autosuficiente: locales comerciales como panadería y carnicería, y hasta un auditorio con proyección cinematográfica, un rasgo inédito para un edificio residencial porteño.
A lo largo de los años, la Mansión de Flores fue escenario de múltiples historias y mitos urbanos. Aunque se suele afirmar que el escritor Roberto Arlt vivió allí, no existen registros que lo confirmen. Sí se sabe que residieron familiares del poeta Rafael Obligado y diplomáticos provenientes de Uruguay, entre otros habitantes destacados.
En la actualidad, el edificio cuenta con protección patrimonial al integrar el Área de Protección Histórica del barrio de Flores. A casi cien años de su construcción, continúa siendo objeto de estudio por su concepción adelantada a su tiempo y por haber logrado conjugar vivienda, comunidad y diseño en una sola estructura.
La Mansión de Flores permanece en pie como un testimonio del momento en que Buenos Aires se animó a repensar su forma de habitar, y como un enigma arquitectónico que todavía despierta admiración y curiosidad entre vecinos, especialistas y visitantes.
