La Usina del Arte es hoy uno de los espacios más relevantes del circuito cultural de la Ciudad de Buenos Aires, un lugar donde la vida artística y creativa late con fuerza y diversidad. Sin embargo, esta joya arquitectónica y cultural no siempre fue lo que conocemos hoy: su historia se remonta a los albores del siglo XX, en una Buenos Aires en plena transformación, cuando la energía eléctrica y la modernidad se convirtieron en símbolos de progreso y esperanza para una ciudad que crecía aceleradamente.

Orígenes y contexto urbano

A finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, Buenos Aires vivió uno de los períodos de expansión más intensos de su historia. Lejos de ser una ciudad portuaria modesta, se transformó en una metrópolis moderna gracias a la llegada masiva de inmigrantes, principalmente de Italia y España, que arribaban en oleadas para buscar trabajo y nuevas oportunidades. Poblaron barrios como La Boca, San Telmo y Barracas, fundaron talleres, industrias y complejos fabriles, y con ellos modificaron no solo la demografía, sino también la fisonomía urbana.

En ese contexto de crecimiento, la demanda de servicios básicos —especialmente de energía eléctrica— se convirtió en una necesidad indispensable. La electricidad dejó de ser un lujo para convertirse en una urgencia: iluminaba calles, alimentaba fábricas, permitía que los tranvías funcionaran y prolongaba las actividades nocturnas de una ciudad cada vez más activa.

Fue en ese impulso progresista que se decidió construir, en las inmediaciones de la Dársena Sur, un edificio destinado a producir energía. No era cualquier construcción: se proyectó como una estructura monumental, concebida para impresionar tanto por su función como por su aspecto. Ese edificio fue la Usina Ítalo-Argentina de Electricidad.

El “palacio de la luz”: arquitectura e ingeniería

La obra fue encomendado al arquitecto italiano Giovanni Chiogna, quien diseñó lo que muchos describieron como un “palacio de la luz”. El edificio se construyó con una arquitectura que combinaba estilos neorrenacentistas lombardos con referencias florentinas y detalles medievales, característica que lo convertía en una construcción única, solemne y con un aire casi monumental.

Su fachada de ladrillos a la vista, sus grandes ventanales y su sistema de ventilación innovador para la época no solo respondían a exigencias técnicas, sino también a una voluntad estética: la Usina debía ser, además de eficiente, un símbolo del progreso porteño.

La obra comenzó en mayo de 1914 y su primera etapa concluyó en 1916, aunque se le hicieron ampliaciones posteriores, como la incorporación de una torre con reloj y una escalera artística en 1926. Durante décadas, esta usina abasteció de energía a numerosos hogares, industrias y al propio puerto de Buenos Aires, operando con tecnología de avanzada para la época y sosteniendo una red que alimentaba desde la iluminación pública hasta las redes domiciliarias.

Ciclo de declive y abandono

No obstante, como ha ocurrido con muchas obras industriales del pasado, el avance de nuevas tecnologías y modelos de producción energética llevó a que la Usina fuera perdiendo relevancia. Hacia fines de la década de 1970, su equipamiento quedó obsoleto y la central fue cerrada, iniciándose entonces un prolongado período de decadencia.

Durante casi 25 años, el edificio estuvo en manos de distintos propietarios y proyectos inconclusos. Las turbinas dejaron de girar y las salas gigantes que alguna vez albergaron calderas y maquinaria quedaron vacías, cubiertas de polvo y deterioro. Mientras tanto, la ciudad seguía cambiando alrededor: Puerto Madero se transformaba en un área de lujo, La Boca resistía su identidad barrial y el sur porteño clamaba por nuevas oportunidades culturales y económicas.

La vieja usina parecía ser un gigante adormecido, un testigo silencioso de la historia industrial de la ciudad que había quedado fuera de lugar frente a los nuevos tiempos que se avecinaban.

Renacimiento como faro cultural

El verdadero renacimiento de la obra llegó ya en el siglo XXI. En 2001, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires adquirió el edificio con la intención de restaurarlo y transformarlo. Se lanzó un ambicioso plan de recuperación que priorizó el respeto por la estructura original y la integración de los elementos antiguos al nuevo uso cultural.

La restauración no fue una simple puesta a punto: implicó ampliar la superficie original hasta alcanzar los 15.000 metros cuadrados actuales y resignificar el espacio para convertirlo en un centro cultural abierto a todos los públicos. Finalmente, en 2012, reabrió sus puertas bajo el nombre de Usina del Arte, con una misión completamente renovada.

Hoy, la Usina del Arte es el corazón del Distrito de las Artes de Buenos Aires. Alberga auditorios de alta calidad acústica, entre los que se destaca una sala principal con capacidad para 1.200 espectadores y una sala de cámara para 280 asistentes. Sus espacios también incluyen un foyer, salones de exposiciones, un patio central, salas para actividades visuales y áreas especialmente diseñadas para niños y niñas, donde la cultura se experimenta de forma lúdica y participativa.

Un epicentro de la vida cultural porteña

La Usina del Arte no solo revive su legado arquitectónico, sino que ha encontrado un nuevo propósito como plataforma para la cultura contemporánea. Sus escenarios han recibido a algunas de las figuras más destacadas de la música argentina y latinoamericana, desde David Lebón y Hilda Lizarazu hasta artistas de generaciones más jóvenes como Trueno, Nicky Nicole y Tini Stoessel. Asimismo, ha sido sede de importantes festivales como el BAFICI, Ciudad Emergente, el Mundial de Tango y Color BA, que atraen a públicos diversos de toda la ciudad y la región.

El espacio también ha sido anfitrión de exposiciones internacionales, como la muestra de Ágatha Ruiz de la Prada en 2025, y actividades de gran repercusión, entre ellas la visita del expresidente estadounidense Barack Obama.

Desde sus orígenes humildes —cuando el terreno donde se ubica era apenas un potrero donde se jugaban partidos improvisados de fútbol, y de donde surgió el Club Atlético Boca Juniors— hasta su actualidad, la Usina del Arte se ha consolidado como un símbolo de transformación. Donde antes rugían calderas y motores, ahora resuenan voces, música, aplausos y creatividad.

Este edificio, que alguna vez fue un pilar técnico de la ciudad, hoy representa la energía cultural que ilumina el sur de Buenos Aires, atrayendo a vecinos, artistas, turistas y públicos de todas las edades. Es, sin duda, un faro cultural en el corazón de la ciudad que mira al futuro sin olvidar su pasado.

febrero 14, 2026