Nueva Pompeya es uno de esos barrios de Buenos Aires cuya historia no puede resumirse en una sola etapa ni en un solo rasgo cultural. Su identidad se fue construyendo a lo largo de siglos, marcada por el paisaje natural, el trabajo duro, la inmigración y la expresión artística de los sectores populares. Ubicado en el extremo sur de la Ciudad, este barrio representa uno de los accesos más relevantes desde la provincia y constituye un verdadero reservorio de la memoria urbana porteña.

Antes de convertirse en barrio, el territorio que hoy ocupa Nueva Pompeya era una extensa zona baja, atravesada por bañados y sujeta a frecuentes inundaciones. Tras la segunda fundación de Buenos Aires, estas tierras quedaron relegadas del desarrollo urbano inicial, consideradas poco aptas para el asentamiento humano. Sin embargo, algunos historiadores sostienen que esta franja cercana al Riachuelo podría haber sido el lugar del primer desembarco de Pedro de Mendoza, lo que le otorgaría un valor fundacional aún mayor al que suele reconocerse.

Durante la época colonial, estas tierras pasaron a manos privadas y una de las figuras clave fue Bartolomé Burgos. Su nombre quedó asociado al Paso de Burgos, un vado natural que permitía cruzar el Riachuelo sin necesidad de embarcaciones. Este paso se convirtió en un punto estratégico para la circulación de personas, ganado y mercancías, consolidándose como una vía fundamental de conexión entre la ciudad y el sur del territorio.

La importancia del Paso de Burgos no se limitó al comercio legal. Su ubicación periférica y su difícil control lo transformaron también en un espacio propicio para el contrabando, una práctica extendida durante el período virreinal. Así, la zona comenzó a adquirir una dinámica propia, ligada al movimiento constante y a actividades económicas que escapaban a la vigilancia oficial.

El cambio decisivo llegó hacia fines del siglo XIX, cuando el avance de la industrialización modificó de manera radical el paisaje y la función del área. La instalación de los mataderos municipales en las cercanías impulsó la llegada de saladeros, curtiembres y otras industrias vinculadas al procesamiento de la carne. Las antiguas quintas rurales dieron paso a un entramado de fábricas, galpones y viviendas obreras, configurando un nuevo perfil social.

Este proceso coincidió con la masiva inmigración europea que arribó al país en busca de trabajo. Italianos, españoles y otros grupos encontraron en Nueva Pompeya un lugar donde establecerse, aportando su fuerza laboral y sus costumbres. El barrio se pobló de conventillos, calles sin pavimentar y una vida comunitaria intensa, marcada por el esfuerzo cotidiano y la solidaridad entre vecinos.

La consolidación urbana estuvo acompañada por obras de infraestructura que reforzaron el rol estratégico del barrio. Entre ellas, el Puente Alsina se erigió como un símbolo indiscutido. Desde los primeros intentos de construcción en el siglo XIX hasta la inauguración de la estructura definitiva en 1938, el puente representó la unión física y simbólica entre la Capital Federal y el conurbano bonaerense. Aunque oficialmente fue denominado José Félix Uriburu, el nombre Valentín Alsina persistió en el habla popular, reflejando la fuerza de la memoria colectiva.

En ese contexto de trabajo duro, inmigración y vida suburbana, el tango encontró en Nueva Pompeya un espacio fértil para desarrollarse. La mezcla de nostalgia, desarraigo y experiencias compartidas dio origen a una sensibilidad particular que se expresó en la música y la poesía. Los bares, boliches y cafés del barrio funcionaron como verdaderos centros culturales informales, donde músicos y poetas fueron dando forma a un género que pronto trascendería sus límites barriales.

La figura de Homero Manzi resulta central para comprender la proyección simbólica de Nueva Pompeya. A través de sus letras, el poeta logró transformar calles, esquinas y paisajes cotidianos en escenarios cargados de emoción y significado. Sus versos no solo describieron el barrio, sino que lo elevaron a la categoría de mito urbano, asociándolo para siempre con la melancolía y el sentimiento porteño.

Con el tiempo, Nueva Pompeya dejó de ser vista únicamente como un enclave industrial del sur para convertirse en un referente cultural. El barrio pasó a representar una forma de vivir y sentir la ciudad, donde el pasado sigue presente en cada rincón. Esa herencia se manifiesta hoy en distintos espacios emblemáticos.

El Santuario de la Virgen de Pompeya, inaugurado en 1900, se consolidó como un importante centro de devoción popular y terminó otorgándole su nombre definitivo al barrio. A lo largo de los años, miles de fieles lo convirtieron en un punto de encuentro espiritual y social.

En tiempos más recientes, el Circuito de Murales sobre la Avenida Sáenz recuperó la historia barrial a través del arte urbano, representando figuras del tango, escenas del trabajo obrero y momentos de la vida cotidiana. Estos murales funcionan como una galería a cielo abierto que dialoga con el pasado y el presente.

El Bar Boliche de Roberto es otro de los espacios que mantiene viva la tradición. Con su estética intacta y su espíritu bohemio, sigue siendo un lugar de reunión para músicos, vecinos y amantes del tango. A ello se suma la presencia de espacios que recuerdan a Jorge Newbery, vinculando al barrio con las primeras experiencias de la aviación argentina.

De este modo, Nueva Pompeya se presenta como un barrio donde la historia, la cultura y la identidad popular se entrelazan. Un territorio que supo transformarse desde el olvido y la marginalidad en un símbolo profundo del sur porteño y de la esencia misma de Buenos Aires.

enero 1, 2026