La iglesia de Santa Felicitas, ubicada en el corazón de Barracas, atraviesa un año especial: se cumplen 150 años desde su inauguración y el aniversario no solo invita a celebrar su valor patrimonial, sino también a revisar algunas tradiciones que la acompañaron durante décadas. Declarada Monumento Histórico Nacional, esta joya arquitectónica porteña es mucho más que un templo religioso: es un espacio donde conviven el arte, la memoria familiar, la fe y una de las historias más trágicas y conocidas del siglo XIX argentino.

Quien cruza por primera vez sus puertas se encuentra de inmediato con dos impactantes esculturas de mármol de Carrara que parecen custodiar la entrada. Son figuras que remiten a una tragedia personal convertida en legado colectivo. Sin embargo, Santa Felicitas no es solo el relato de una muerte violenta, sino también un lugar que desde su origen fue pensado para el culto y que, siglo y medio después, continúa cumpliendo esa función.

El templo se levanta frente a la Plaza Colombia, hoy centro neurálgico de Barracas, aunque en el pasado ese predio fue la quinta de la tradicional familia De Álzaga. Fotografías antiguas muestran la imponente mansión que ocupaba el terreno y que fue demolida en la década de 1930 para dar lugar al espacio público. En esas imágenes ya aparece, a un costado, la silueta inconfundible de la iglesia, erigida como homenaje a Felicitas Guerrero de Álzaga, considerada una de las mujeres más bellas de la alta sociedad porteña y cuya vida estuvo marcada por pérdidas irreparables.

Durante una tarde calurosa, con el templo cerrado al público, el padre Carlos Peteira —actual rector— invita a recorrer los jardines, donde se destaca una gruta muy especial: la primera dedicada a la Virgen de Lourdes que se construyó en Argentina, en 1898, anterior incluso a la famosa de Santos Lugares. El sacerdote reparte su tiempo entre Santa Felicitas y el Hospital Pedro de Elizalde, donde se desempeña como capellán, y es además el custodio de un patrimonio artístico y espiritual de enorme valor. Tras pasar ocho años en misión en Cuba, regresó al país en 2022 y hoy encabeza los preparativos por el aniversario.

Los festejos centrales están previstos para el viernes 30, con una misa presidida por el vicario Alejandro Giorgi. Paralelamente, Peteira mantiene reuniones con funcionarios, diplomáticos y especialistas en conservación, con la esperanza de obtener fondos que permitan encarar una restauración integral del conjunto. Aunque el Arzobispado porteño asumió su administración recién en 2018, las necesidades del edificio superan largamente los recursos disponibles. Aun así, pese a la pintura desgastada y a los signos de humedad, el templo conserva una belleza que impacta a simple vista.

La iglesia fue construida en menos de cuatro años, un dato notable si se lo compara con otras obras emblemáticas como la basílica de Luján. El proyecto estuvo a cargo del arquitecto Ernesto Bunge, figura clave de la arquitectura argentina de fines del siglo XIX. Predomina el estilo neogótico alemán, presente tanto en la estructura como en muchos de los elementos ornamentales: arañas de cristal que originalmente funcionaban a gas, esculturas de los doce apóstoles que parecen sostener el crucero y delicadas sillerías de madera traídas desde Europa.

Los vitrales, de origen francés, son otro de los grandes tesoros del templo. Representan escenas religiosas y figuras de santos vinculados a las familias Guerrero y De Álzaga, además de una particular imagen de la Virgen de Guadalupe, de la que Felicitas era devota. El techo, pintado de un celeste suave y decorado con estrellas doradas, invita a levantar la vista, aunque el sacerdote insiste en observar también el piso de cerámica española, colocado con una precisión artesanal admirable.

Entre los elementos más valiosos se encuentra el órgano alemán Walcker, construido en 1873, uno de los pocos que conserva su sistema mecánico original. Detrás del altar principal se esconde otro secreto: la antigua capilla doméstica de la familia, anterior a la iglesia, con un altar de mármol que había sido pensado como posible lugar de descanso para Felicitas. Incluso allí rezó, en 1934, el entonces cardenal Eugenio Pacelli, futuro papa Pío XII.

La historia personal de Felicitas Guerrero explica buena parte del simbolismo del lugar. Casada a los 18 años con Martín de Álzaga, mucho mayor que ella, sufrió la muerte de su esposo y de sus dos hijos en pocos años. Más tarde, cuando volvió a enamorarse y anunció su compromiso con Samuel Sáenz Valiente, fue asesinada por Enrique Ocampo, un antiguo pretendiente. Por ese motivo, suele ser recordada como la primera víctima de femicidio del país.

Sus padres decidieron transformar el dolor en memoria y construyeron la iglesia en el mismo sitio donde ocurrió el crimen. Allí colocaron las esculturas que representan a Felicitas junto a su hijo y a De Álzaga. No obstante, el templo no está dedicado a ella, sino a Santa Felicitas, una mártir romana que también conoció la viudez y la pérdida de sus hijos.

Con el paso del tiempo, alrededor de la iglesia surgieron mitos, como la creencia de que nadie debía casarse allí. Esa idea comienza a desvanecerse: en los últimos años ya se celebraron bodas y bautismos, reafirmando que Santa Felicitas no es un museo ni un monumento inmóvil, sino una iglesia viva, abierta a nuevas historias y a resignificar su pasado desde la fe y la comunidad.

enero 25, 2026