En una de las esquinas más tradicionales del barrio porteño de San Nicolás, donde se cruzan la avenida Callao y la calle Lavalle, se levanta un edificio centenario que todavía conserva buena parte del encanto arquitectónico de la Buenos Aires de principios del siglo XX. Aunque hoy funciona como un moderno centro médico, su historia está íntimamente ligada al crecimiento urbano de la ciudad y al período en que la capital argentina buscaba parecerse a las grandes metrópolis europeas. El inmueble, coronado por una llamativa cúpula de 15 metros de altura, fue inaugurado en 1924 y constituye uno de los ejemplos mejor conservados del academicismo francés en la ciudad.

La construcción ocupa unos 6.000 metros cuadrados y fue diseñada por el arquitecto Oscar Schoo Lastra junto con los ingenieros Edmundo Parodi y Angelo Figini. Desde sus primeros años se destacó por su elegancia: balcones ornamentados, molduras clásicas, mansardas y una fachada simétrica inspirada en el urbanismo parisino de la época. En aquellos años, Buenos Aires atravesaba una etapa de gran expansión y modernización, y edificios como este buscaban transmitir prestigio y sofisticación. La influencia francesa era particularmente visible en las avenidas céntricas, donde proliferaban las cúpulas, las líneas curvas y los detalles decorativos importados de Europa.

Uno de los elementos más distintivos del inmueble es precisamente su cúpula, una estructura conoidal que se adapta a la esquina curva del edificio. A diferencia de otras cúpulas emblemáticas de Buenos Aires, esta nunca recibió un nombre oficial, aunque igualmente se convirtió en una referencia visual del barrio. El remate superior incluye un cupulín y un pararrayos, además de dos mansardas revestidas con tejas de pizarra y detalles en zinc que conservan el espíritu original de la obra. Su diseño responde al estilo Beaux-Arts, corriente arquitectónica muy difundida en Europa y adoptada por Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo pasado.

Originalmente, el edificio funcionó como residencia y oficinas. Los departamentos eran semipisos amplios, con palieres compartidos y ascensores considerados de lujo para la época. En la planta baja se instalaron locales comerciales que aún hoy conservan las enormes vidrieras originales. Muchos de los materiales utilizados fueron traídos directamente desde Francia, algo que todavía puede apreciarse en ciertos detalles como los herrajes de bronce y algunos elementos decorativos que sobrevivieron al paso del tiempo.

Con el correr de las décadas, el inmueble fue cambiando de función. Durante la segunda mitad del siglo XX dejó de utilizarse como edificio residencial y pasó a manos de distintas instituciones vinculadas al ámbito social y sindical. Más adelante, entre 1995 y 1997, se realizó una importante remodelación destinada a adaptarlo al uso sanitario. Sin embargo, uno de los principales objetivos fue preservar intacta la fachada histórica y respetar el valor patrimonial del edificio. El proyecto de reconversión estuvo a cargo del Estudio Alvarado, Font y Sartorio, que logró modernizar los espacios interiores sin alterar la identidad arquitectónica exterior.

Desde fines de los años noventa comenzó a funcionar allí el Instituto Quirúrgico del Callao y, actualmente, el edificio alberga el Sanatorio Anchorena del Callao, especializado en cirugías ambulatorias y prácticas médicas de baja complejidad. El lugar opera bajo el formato de hospital de día y cuenta con servicios de endoscopía digestiva, oftalmología y diagnóstico por imágenes, entre otros. A pesar de las transformaciones internas necesarias para incorporar tecnología médica de última generación, todavía se conservan muchos rasgos originales de la construcción. El contraste entre la arquitectura clásica y la funcionalidad moderna es uno de los aspectos que más llaman la atención de quienes recorren el lugar.

En 2024 se llevó adelante una restauración integral de la cúpula y de varios sectores exteriores. Los trabajos estuvieron dirigidos por los arquitectos Marcela Gómez y Gerardo Pellegrino, quienes realizaron una puesta en valor respetando criterios de conservación patrimonial. El edificio se encuentra dentro de un Área de Protección Histórica de la Ciudad de Buenos Aires, por lo que todas las intervenciones debieron ajustarse a estrictas normas de preservación. La restauración incluyó la recuperación de piezas originales de zinc y pizarra, la reparación del cupulín y el reacondicionamiento del histórico pararrayos, que nunca había sido intervenido desde su instalación inicial.

Uno de los espacios más singulares del edificio se encuentra precisamente debajo de la cúpula. Allí funciona un auditorio con capacidad para unas 80 personas donde semanalmente se desarrollan reuniones científicas, conferencias y actividades académicas. Además, el lugar posee equipamiento tecnológico que permite transmitir cirugías en tiempo real desde los quirófanos hacia el salón, una herramienta utilizada para capacitaciones y presentaciones médicas. Esta combinación entre patrimonio histórico y medicina de avanzada refleja el modo en que el edificio logró adaptarse a las necesidades actuales sin perder su esencia original.

La cúpula también puede recorrerse internamente mediante una estrecha escalera caracol que asciende entre cientos de escalones. Desde sus pequeñas ventanas se obtienen vistas panorámicas de distintos rincones de Buenos Aires, algo que convierte el recorrido en una experiencia particular dentro del centro porteño. Trabajadores históricos del sanatorio relatan que las tareas de mantenimiento y restauración fueron complejas debido al carácter patrimonial de la estructura y a la necesidad de conservar cada detalle arquitectónico. Incluso sobreviven anécdotas y relatos vinculados a supuestos fantasmas, una clase de historias frecuentes en edificios antiguos que atravesaron tantas décadas de transformaciones y usos diversos.

Más allá de su función actual, el edificio representa una parte importante de la identidad arquitectónica de Buenos Aires. Su preservación demuestra cómo es posible reutilizar estructuras históricas sin destruir su valor cultural. En una ciudad donde muchas construcciones emblemáticas desaparecieron con el avance inmobiliario, esta antigua residencia convertida en sanatorio continúa siendo un símbolo del pasado porteño y una muestra del diálogo entre historia, patrimonio y modernidad.

mayo 17, 2026