Este 16 de septiembre se cumplen cinco décadas de uno de los episodios más recordados de la última dictadura cívico-militar argentina: la denominada Noche de los Lápices. Entre esa jornada y los días posteriores de septiembre de 1976, un grupo de estudiantes secundarios de La Plata fue secuestrado por integrantes del aparato represivo estatal. La mayoría tenía entre 16 y 18 años y había participado de espacios de organización estudiantil y militancia política.
Medio siglo después, la historia de aquellos jóvenes continúa formando parte de la memoria colectiva. Sus nombres son recordados cada año en escuelas, universidades, organismos de derechos humanos y espacios públicos, mientras los testimonios de los sobrevivientes y las investigaciones judiciales permitieron reconstruir parte de lo sucedido.
El episodio ocurrió durante los primeros meses del régimen instaurado tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. En ese contexto, la participación política y social de los jóvenes comenzó a ser perseguida por las fuerzas represivas. Las escuelas secundarias, que hasta entonces habían funcionado también como lugares de encuentro, discusión y organización, quedaron alcanzadas por las políticas represivas de la dictadura.
Los estudiantes perseguidos
Las víctimas de la Noche de los Lápices estaban vinculadas, en distintos grados, con organizaciones estudiantiles y políticas. Algunos habían participado durante 1975 de las movilizaciones que reclamaban la implementación del Boleto Estudiantil Secundario (BES), una reivindicación que había conseguido avances en La Plata durante el gobierno constitucional previo al golpe.
Sin embargo, reducir la persecución de septiembre de 1976 exclusivamente al reclamo por el boleto estudiantil resulta insuficiente. Con el paso de los años, los testimonios de los sobrevivientes y distintas investigaciones permitieron establecer que la militancia política y estudiantil de los jóvenes fue un elemento central de la persecución.
Durante las primeras horas del 16 de septiembre comenzaron los operativos de secuestro. Los estudiantes fueron retirados de sus domicilios y trasladados a centros clandestinos de detención, donde fueron sometidos a torturas y distintos mecanismos de violencia.
Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha permanecen desaparecidos. Todos eran adolescentes y tenían entre 16 y 18 años al momento de su secuestro.
Otros cuatro jóvenes lograron sobrevivir al circuito represivo: Gustavo Calotti, Emilce Moler, Patricia Miranda y Pablo Díaz. Sus testimonios tuvieron una importancia fundamental para conocer las características de los secuestros, los lugares de detención y las prácticas represivas utilizadas contra los estudiantes.
Una persecución que excedió a La Plata
La represión contra los estudiantes secundarios no constituyó un hecho aislado. Formó parte de una política mucho más amplia desarrollada por la dictadura contra sectores de la sociedad considerados opositores o vinculados con organizaciones políticas, sindicales, estudiantiles y sociales.
La documentación producida durante aquellos años muestra que el sistema educativo también fue considerado por el régimen como un espacio que debía ser controlado. En 1977, el Ministerio de Educación y el Ministerio de Planeamiento difundieron el documento denominado “Subversión en el ámbito educativo”, mediante el cual se presentaba la participación política y determinados procesos sociales y culturales como una amenaza que debía ser combatida.
En ese marco, los jóvenes organizados fueron objeto de especial vigilancia. La militancia estudiantil dejó de ser considerada una expresión de participación política para convertirse, desde la mirada del aparato represivo, en un elemento asociado a la denominada “subversión”.
La historia de los estudiantes platenses permite observar de qué manera la represión alcanzó incluso a adolescentes que desarrollaban actividades políticas y estudiantiles. Sus edades también permiten dimensionar la gravedad de los hechos: eran jóvenes que todavía transitaban la escuela secundaria y que tenían proyectos personales y colectivos por delante.
Del reclamo estudiantil a un símbolo de la memoria
Con el retorno de la democracia, la historia de los estudiantes secuestrados comenzó a adquirir una dimensión cada vez mayor dentro de las políticas de memoria y de las nuevas generaciones.
La fecha del 16 de septiembre fue convirtiéndose progresivamente en una jornada de movilización y reflexión para los estudiantes. Desde mediados de la década de 1980 comenzaron a desarrollarse manifestaciones relacionadas con la Noche de los Lápices, y con el paso del tiempo la fecha también fue vinculada con reclamos educativos y con la participación política de los jóvenes.
En 2014, el Congreso de la Nación sancionó la Ley 27.002, que estableció el 16 de septiembre como Día Nacional de la Juventud, en conmemoración de la Noche de los Lápices.
De esta manera, una fecha asociada originalmente con el secuestro y la desaparición de estudiantes pasó a ocupar también un lugar dentro del calendario destinado a reivindicar la participación juvenil y el ejercicio de derechos.
La reconstrucción judicial
La investigación sobre los crímenes cometidos durante la última dictadura continuó durante décadas. En el caso de los hechos vinculados con la Noche de los Lápices, los procesos judiciales permitieron avanzar sobre las responsabilidades de integrantes de las estructuras militares, de inteligencia y de la Policía Bonaerense.
En marzo de 2024 concluyó en La Plata un juicio oral que había comenzado en octubre de 2020 y que examinó responsabilidades vinculadas con el aparato represivo que funcionó en la provincia de Buenos Aires.
El proceso abordó, entre otros aspectos, el funcionamiento de la Brigada de Infantería Mecanizada N.º 3 de La Tablada, el Destacamento de Inteligencia 101 de La Plata y la actuación de la Policía Bonaerense durante el período investigado.
El Tribunal Oral Federal N.º 1 de La Plata, integrado por los jueces Ricardo Basílico, Walter Venditti y Esteban Rodríguez Eggers, dictó diez condenas a prisión perpetua contra represores vinculados con esas estructuras.
Entre los condenados se encuentran Federico Antonio Minicucci, Guillermo Domínguez Matheu, Roberto Balmaceda, Jorge Héctor Di Pasquale, Carlos María Romero Pavón, Jaime Smart, Juan Miguel Wolk, Jorge Antonio Bergés, Horacio Luis Castillo y Carlos Gustavo Fontana.
La sentencia constituyó otro capítulo dentro de un proceso judicial iniciado después de la recuperación democrática y extendido durante décadas, con el objetivo de establecer responsabilidades individuales por los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado.
Cincuenta años después
A cinco décadas de aquellos hechos, los seis estudiantes que continúan desaparecidos siguen siendo identificados por sus nombres y por sus historias personales. Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha dejaron de ser únicamente nombres asociados a un expediente judicial para convertirse en parte de la memoria de varias generaciones.
Recordarlos también implica recuperar la dimensión humana de aquella historia. Antes de convertirse en víctimas del terrorismo de Estado, fueron estudiantes, compañeros, hijos y amigos. Tenían edades similares a las de miles de jóvenes que hoy transitan las escuelas secundarias y que participan de espacios sociales, culturales y políticos.
La Noche de los Lápices continúa siendo, por eso, una referencia fundamental para comprender la persecución que sufrió la juventud organizada durante la última dictadura argentina. Los testimonios de quienes sobrevivieron permitieron reconstruir una parte de esa historia y aportar elementos esenciales para los procesos judiciales.
A 50 años, la fecha vuelve a interpelar a las nuevas generaciones. Cada septiembre, los nombres de aquellos adolescentes regresan a las aulas, a las calles y a los espacios donde se construye la memoria colectiva.
La distancia temporal no borró aquellos hechos. Por el contrario, permitió que nuevas generaciones conocieran quiénes fueron esos estudiantes, qué actividades desarrollaban, por qué fueron perseguidos y qué ocurrió con ellos.
Cinco décadas después, la memoria de la Noche de los Lápices continúa escribiéndose a partir de los testimonios de los sobrevivientes, los documentos históricos, las investigaciones y las sentencias judiciales. Y, sobre todo, a través del recuerdo de seis jóvenes que tenían apenas entre 16 y 18 años cuando fueron secuestrados y que todavía permanecen desaparecidos.
Su historia forma parte de la memoria argentina y también de la historia de la participación estudiantil. Cada 16 de septiembre, sus nombres vuelven a ser pronunciados para recordar que detrás de las cifras y de los expedientes judiciales existieron jóvenes con vidas, familias, compañeros, proyectos y sueños que fueron interrumpidos por la violencia estatal.
A medio siglo de la Noche de los Lápices, mantener esos nombres presentes constituye una forma de reconstruir aquella historia y transmitirla a quienes no vivieron aquellos años.
Créditos de la imagen a: Pasillo de la Memoria, UTN
