Los resultados obtenidos por los estudiantes argentinos en las pruebas PISA 2025 volvieron a poner bajo la lupa el estado de la educación secundaria y, junto con los bajos niveles de desempeño en Matemática, Lectura y Ciencias, dejaron al descubierto una serie de situaciones que atraviesan la vida cotidiana de muchos adolescentes. Entre ellas aparecen dos datos especialmente relevantes: una proporción considerable de los alumnos evaluados había faltado a clases durante las semanas previas al examen y un porcentaje similar declaró haber realizado algún trabajo remunerado.

Un análisis elaborado por el Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL), perteneciente a la Fundación Mediterránea, tomó como referencia las respuestas de los jóvenes que participaron de la evaluación internacional y examinó algunas de las condiciones que rodeaban su trayectoria educativa. De acuerdo con ese relevamiento, el 27,8% de los estudiantes argentinos que rindieron PISA manifestó haber faltado a la escuela durante las dos semanas anteriores a la evaluación.

El dato adquiere mayor relevancia al observar la diferencia en los resultados obtenidos por quienes habían asistido regularmente y aquellos que registraron inasistencias. Según el análisis, los alumnos que faltaron a clases alcanzaron puntajes entre 31 y 39 puntos inferiores, dependiendo del área evaluada. La brecha se registró en Matemática, Lectura y Ciencias.

Esto no significa, sin embargo, que las faltas sean por sí mismas la causa directa del bajo rendimiento. Tanto los datos de PISA como el análisis realizado a partir de ellos no permiten establecer una relación de causalidad. Es decir, no puede afirmarse que faltar a la escuela produzca automáticamente un descenso determinado en los resultados. Lo que sí aparece es una asociación entre el ausentismo y un desempeño académico más bajo.

La cuestión también debe analizarse dentro de un contexto social y económico más amplio. Las ausencias escolares no se producen necesariamente de manera aislada, sino que pueden estar relacionadas con las condiciones familiares, el nivel socioeconómico, las dificultades de aprendizaje, la repitencia y otros problemas que afectan la continuidad de las trayectorias educativas.

La investigadora Laura Cullo, economista de IERAL y una de las especialistas que analizó estos datos, señaló que la pérdida de tiempo escolar puede tener consecuencias sobre el aprendizaje porque reduce las oportunidades que tienen los alumnos de acceder a contenidos, explicaciones y actividades dentro del aula. Además, las inasistencias pueden ser una manifestación temprana de dificultades que, con el tiempo, terminan expresándose en bajo rendimiento, repitencia o incluso abandono escolar.

Casi tres de cada diez estudiantes declararon haber trabajado

El segundo indicador que llamó la atención está relacionado con la incorporación temprana de los adolescentes al mundo laboral. El cuestionario utilizado por PISA preguntó a los estudiantes si habían realizado algún trabajo remunerado durante las dos semanas anteriores a la evaluación. El 27,6% respondió afirmativamente.

La proporción fue todavía mayor entre los jóvenes pertenecientes al sector de menores recursos. En ese grupo, el porcentaje de estudiantes que declaró haber realizado una actividad laboral remunerada llegó al 33,9%.

El dato debe interpretarse con cierta cautela. No se trata de una medición general del empleo adolescente en la Argentina, sino de las respuestas proporcionadas por los jóvenes que participaron de PISA ante una pregunta específica del cuestionario. Por lo tanto, no permite calcular por sí solo cuántos adolescentes trabajan en el país ni las características de esas actividades.

Aun así, el resultado ofrece una señal importante sobre la realidad de una parte de los estudiantes de 15 años. Una proporción significativa ya se encontraba vinculada con alguna actividad remunerada al momento de realizarse la evaluación internacional.

La legislación argentina establece que el trabajo puede realizarse legalmente a partir de los 16 años bajo determinadas condiciones, por lo que la presencia de adolescentes de 15 años que manifiestan haber trabajado constituye un elemento que merece ser analizado dentro de las políticas educativas y sociales.

Además, no puede establecerse que quienes faltaron a la escuela lo hicieron necesariamente para trabajar. Los dos fenómenos aparecen en el relevamiento, pero eso no significa que exista una correspondencia directa entre ellos. Un adolescente puede trabajar y continuar asistiendo regularmente a clases, mientras que otro puede ausentarse por motivos completamente diferentes.

Sin embargo, el trabajo puede convertirse en un factor que compite con el tiempo destinado al estudio. Las horas disponibles para descansar, realizar tareas escolares o participar de actividades educativas pueden verse reducidas cuando un estudiante comienza a asumir responsabilidades laborales.

Una entrada temprana al mercado laboral

Para la investigadora de IERAL, el problema no se limita a determinar si un adolescente trabaja o no, sino a observar en qué momento de su trayectoria educativa comienza a incorporarse al mercado laboral y qué consecuencias puede tener esa decisión.

Una de las preocupaciones planteadas es que algunos jóvenes puedan ingresar al mundo del trabajo antes de haber consolidado conocimientos y capacidades fundamentales. Esto genera una contradicción: el mercado laboral necesita trabajadores con determinadas competencias, pero una incorporación demasiado temprana puede producir dificultades justamente en la etapa en la que esas habilidades deberían desarrollarse.

La escuela secundaria no solo transmite conocimientos vinculados con Matemática, Lengua o Ciencias. También busca desarrollar capacidades que posteriormente son importantes en el ámbito laboral, como comunicarse correctamente, comprender textos, resolver problemas, expresarse frente a otras personas, trabajar en equipo y desenvolverse dentro de instituciones.

La dificultad aparece cuando el estudiante abandona parcialmente ese proceso para incorporarse de manera anticipada al mundo del empleo o cuando su vínculo con la escuela se vuelve cada vez más irregular.

La repitencia como otra señal de alerta

El análisis también puso el foco sobre otro indicador de las trayectorias educativas: la repitencia. Entre los estudiantes evaluados, casi el 18% había repetido al menos un año.

La repitencia, al igual que el ausentismo, no debería analizarse como un fenómeno independiente. Puede formar parte de una cadena de dificultades que se inicia mucho antes de que el estudiante abandone definitivamente la escuela.

En una trayectoria problemática pueden aparecer diferentes señales: primero, dificultades para sostener la asistencia; posteriormente, problemas para alcanzar los aprendizajes esperados; luego, la repitencia y, en algunos casos, finalmente el abandono. Esto no significa que todos los estudiantes que faltan o repiten terminen dejando la escuela, pero sí permite identificar momentos en los que resulta necesario intervenir.

Por ese motivo, el debate sobre los resultados de PISA no debería concentrarse exclusivamente en el puntaje final obtenido por los estudiantes. También resulta necesario observar qué ocurrió durante los años anteriores y cuáles fueron las condiciones en las que cada joven llegó a la evaluación.

Un resultado que va más allá de una sola prueba

Los datos sobre ausentismo y trabajo adolescente aparecen en un momento particularmente delicado para la educación argentina. PISA 2025 mostró una caída del desempeño nacional en las tres áreas evaluadas y confirmó que una parte importante de los estudiantes no alcanza los niveles considerados básicos.

En Matemática, solamente el 24% de los estudiantes argentinos alcanzó el nivel mínimo esperado. En Lectura, lo hizo el 40%, mientras que en Ciencias llegó al 41%. Los resultados se encuentran por debajo de los promedios correspondientes a los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

El deterioro tampoco puede explicarse exclusivamente por acontecimientos recientes. Al comparar los resultados con los registrados en 2018, aumentó la proporción de estudiantes que no logra alcanzar el nivel 2 de desempeño: siete puntos porcentuales en Matemática, siete en Lectura y seis en Ciencias. Esto indica que las dificultades educativas tienen una evolución previa y no comenzaron con la aparición de nuevas tecnologías o con los cambios producidos en los últimos años.

En ese escenario, el ausentismo y el trabajo adolescente aparecen como dos elementos adicionales que permiten comprender la complejidad del problema. Ninguno explica por sí solo los resultados de PISA, pero ambos muestran que el aprendizaje depende también de las condiciones en las que los estudiantes desarrollan sus trayectorias.

La situación plantea un desafío que excede a las aulas. Mejorar los aprendizajes requiere garantizar que los adolescentes puedan sostener una asistencia regular, disponer del tiempo necesario para estudiar y permanecer vinculados con la escuela mientras desarrollan las capacidades que necesitarán en el futuro.

Los resultados también obligan a mirar las diferencias socioeconómicas. Que el trabajo remunerado alcance al 33,9% de los estudiantes pertenecientes al grupo de menores recursos muestra que la relación entre educación y condiciones materiales no puede quedar fuera del análisis.

Por eso, más que interpretar los datos como una fotografía aislada tomada el día del examen, los especialistas plantean la necesidad de observar las trayectorias completas. La asistencia, el rendimiento, la repitencia, el contexto familiar y socioeconómico y la eventual incorporación al mercado laboral forman parte de una misma realidad.

Las pruebas PISA permiten medir conocimientos y habilidades en un momento determinado, pero los datos que acompañan sus resultados pueden servir para detectar problemas que comienzan mucho antes. En el caso argentino, la elevada proporción de estudiantes que faltó a clases o que ya había tenido alguna experiencia laboral a los 15 años constituye una señal que abre nuevas preguntas sobre cuánto tiempo efectivo pasan los adolescentes aprendiendo, qué obstáculos encuentran para permanecer en la escuela y qué políticas podrían ayudar a evitar que las dificultades educativas terminen transformándose en abandono.

El desafío, en definitiva, no consiste únicamente en mejorar el resultado de una próxima evaluación internacional. También implica recuperar el tiempo de aprendizaje perdido, fortalecer las trayectorias escolares y conseguir que la permanencia dentro del sistema educativo sea compatible con las necesidades sociales y económicas de los jóvenes. Los datos de PISA 2025 muestran que el problema es amplio y que sus causas deben buscarse mucho más allá del momento en que los estudiantes se sientan frente al examen.

septiembre 11, 2026