Cuando se piensa en el Ejército de los Andes y en la figura del general José de San Martín, las primeras imágenes que suelen aparecer están relacionadas con soldados, caballos, armas, montañas y grandes maniobras militares. Sin embargo, detrás de aquellas campañas también existía un elemento que cumplía funciones mucho más importantes de lo que podría imaginarse: la música.

Los sonidos de tambores, trompetas, clarines y bandas militares no eran un simple acompañamiento destinado a entretener a los soldados. Para San Martín, la música constituía una herramienta fundamental para organizar a las tropas, transmitir órdenes, mantener la disciplina y fortalecer el espíritu de los combatientes. Así lo explicó el historiador Diego Gonzalo Cejas durante una conferencia realizada en el Museo Mitre, en el marco de las actividades relacionadas con la conmemoración del fallecimiento del Libertador.

Durante las guerras por la independencia, los ejércitos necesitaban desarrollar sistemas eficaces para comunicarse en medio de situaciones extremadamente complejas. En un campo de batalla, el ruido de los disparos, los movimientos de cientos o miles de soldados y la distancia entre los diferentes grupos hacían muy difícil transmitir una instrucción de manera verbal. Por ese motivo, las señales musicales adquirieron una importancia estratégica.

Las tropas de infantería podían avanzar siguiendo un ritmo determinado y responder a distintos toques que indicaban qué movimiento debían realizar. De esta manera, la música contribuía a que los soldados marcharan coordinadamente, modificaran sus formaciones, aceleraran o disminuyeran el paso y se prepararan para entrar en combate.

San Martín comprendió particularmente bien esa utilidad. El general no consideraba la música como un elemento secundario dentro de la estructura militar. Por el contrario, la incorporó a la preparación de sus tropas y se preocupó por disponer de los instrumentos y de los músicos necesarios para utilizarla de manera efectiva.

En el caso de los Granaderos a Caballo, la función de los clarines era todavía más importante. Los soldados montados podían desplazarse con gran rapidez y necesitaban recibir las órdenes de sus superiores mientras se encontraban en movimiento. Los trompetistas montados cumplían, en cierto modo, una función comparable a la que muchos siglos después tendrían los sistemas modernos de comunicación utilizados por las unidades militares.

Según explicó Cejas, los jinetes podían recorrer aproximadamente 300 metros por minuto, por lo que las señales sonoras permitían que las instrucciones llegaran a los soldados sin necesidad de detener el desplazamiento. San Martín, consciente de esa necesidad, puso especial atención en obtener clarines adecuados y en preparar a los hombres capaces de ejecutarlos.

La formación de los Granaderos también incluía el aprendizaje de una combinación entre movimientos físicos y señales musicales. En el cuartel del Retiro, los soldados practicaban diferentes maniobras y aprendían a interpretar los distintos toques. El ritmo podía marcar el paso de la marcha al trote, del trote al galope y, finalmente, a la carga.

La coordinación entre el sable del comandante y el sonido de la trompeta permitía ejecutar ataques de manera organizada. Cuando el enemigo se encontraba a poca distancia, determinados movimientos del sable servían como señal para iniciar la ofensiva, mientras el trompetista reproducía el toque correspondiente. Entre esas señales se encontraba el conocido “¡A degüello!”, de origen español, utilizado como indicación de ataque.

Pero la presencia de la música no se limitaba a la caballería. La infantería del Ejército de los Andes también contó con varias bandas. San Martín organizó agrupaciones musicales para diferentes batallones, entre ellos los Batallones 7 y 8 de Libertos, el 11 de Línea y los Cazadores de los Andes. Además, existía una banda específica de clarines.

La existencia de estas formaciones musicales no surgió de manera aislada. En Buenos Aires ya se había desarrollado una tradición vinculada con la música militar a partir de las Invasiones Inglesas. Entre las agrupaciones destacadas se encontraba la llamada banda de los Vizcaínos, conducida por Víctor de la Prada, un músico que había recibido formación en Francia.

La preparación musical formaba parte del entrenamiento de los soldados. En El Plumerillo, donde San Martín organizó y adiestró al Ejército de los Andes antes de emprender la campaña hacia Chile, las tropas practicaban los desplazamientos al ritmo de la música y aprendían a reconocer las diferentes señales utilizadas en el campo de batalla.

Uno de los casos más llamativos era el de la banda del Batallón 8. Estaba integrada por músicos de origen africano que utilizaban instrumentos como flautines, flautas, requintos, clarinetes, trombones, tambores y bombos. Su repertorio era amplio y comprendía marchas militares, pasodobles y valses. Además, los integrantes aprendían las piezas principalmente de oído, en un contexto en el que el acceso a partituras y métodos de enseñanza musical era muy diferente del actual.

La búsqueda de músicos también llevó a San Martín a recurrir a una tradición mucho más antigua. El general encontró en los pueblos originarios vinculados con las antiguas reducciones jesuíticas una importante fuente de formación musical. Los guaraníes habían desarrollado una tradición relacionada con la interpretación de distintos instrumentos y con la enseñanza musical, y algunos de sus integrantes pasaron a formar parte de las fuerzas libertadoras.

Entre esos músicos se encontraba Miguel Chepoyá, uno de los nombres vinculados con esta historia poco conocida de la independencia. Su presencia permite observar que el Ejército de los Andes no fue únicamente una organización integrada por militares provenientes de determinados sectores sociales, sino que también reunió a personas de diferentes orígenes y tradiciones.

La relación de San Martín con la música, además, tenía antecedentes personales. Durante su vida recibió formación musical de Fernando Sor, capitán español y compositor que también produjo canciones patrióticas y obras para guitarra. Esa experiencia contribuyó a que el Libertador comprendiera el valor que podía tener la música tanto desde el punto de vista artístico como desde una perspectiva militar y simbólica.

La importancia que San Martín otorgaba a los instrumentos quedó reflejada incluso en su correspondencia. Para él, disponer de clarines en condiciones adecuadas era indispensable para garantizar que las unidades pudieran moverse de manera coordinada. La música permitía unificar las acciones de los soldados y reducir las dificultades de comunicación en medio de una operación militar.

Sin embargo, las bandas no tenían únicamente una función relacionada con el combate. También acompañaban la vida cotidiana de los soldados. En Mendoza, por ejemplo, la banda del Batallón 11 participaba en celebraciones religiosas y en bailes. La música formaba así parte de la rutina de los hombres que integraban el ejército y ayudaba a construir un sentimiento de pertenencia entre quienes compartían largas jornadas de entrenamiento y campaña.

La importancia de este recurso puede observarse también durante la campaña de Chile. En la batalla de Chacabuco, las tropas llegaron a la cumbre durante las primeras horas del día acompañadas por música militar. En pleno enfrentamiento, los sonidos de los instrumentos volvieron a desempeñar un papel significativo. Una de las órdenes de ataque fue acompañada por el toque conocido como “Calacuerda”, mientras que en otro sector se utilizó nuevamente el “¡A degüello!” para acompañar la ofensiva de los Granaderos.

La utilización de la música no desapareció después de las primeras victorias. Por el contrario, continuó desarrollándose en los territorios liberados. En 1817, San Martín y Bernardo O’Higgins impulsaron la creación de una Academia de Música en Santiago de Chile. La institución llegó a reunir alrededor de cincuenta ejecutantes. Al año siguiente comenzaron a llegar instrumentos procedentes de ciudades como Boston y Londres, lo que permitió ampliar las posibilidades de las agrupaciones militares.

Con el paso del tiempo, el Ejército Unido llegó a contar con cientos de músicos. La dimensión alcanzada por estas bandas demuestra que la música militar ya no era considerada simplemente un complemento de los ejércitos, sino una parte integrada de su organización y de su identidad.

También existía una dimensión política y simbólica. Las canciones patrióticas acompañaron el proceso de construcción de las nuevas identidades nacionales surgidas de la lucha contra el dominio español. Los repertorios utilizados por las fuerzas independentistas circularon por Chile y Perú y fueron interpretados hasta que esos territorios consolidaron sus propios símbolos musicales.

En ese sentido, la música podía cumplir una función semejante a la de una bandera o un emblema: reunía a las personas alrededor de una causa común y ayudaba a construir una identidad colectiva. Las melodías patrióticas permitían expresar entusiasmo, transmitir valores y recordar el objetivo por el que combatían los soldados.

La influencia europea también estuvo presente en esta transformación. San Martín conocía las novedades militares y culturales procedentes de Francia, donde las canciones patrióticas habían adquirido un enorme peso simbólico durante los procesos revolucionarios. La referencia a “La Marsellesa” resulta especialmente significativa, ya que muestra cómo las ideas sobre la utilización de la música podían atravesar las fronteras y adaptarse a los movimientos independentistas de América.

De esta manera, la historia del Ejército de los Andes puede ser observada desde una perspectiva diferente. El cruce de los Andes y las campañas militares no estuvieron construidos exclusivamente sobre armas, tácticas y estrategias. También existió una dimensión sonora que acompañó cada etapa: desde los entrenamientos en El Plumerillo hasta los desplazamientos de los Granaderos, desde las órdenes impartidas en medio de una batalla hasta las celebraciones y momentos de descanso.

La música servía para ordenar, comunicar y motivar. Era una herramienta práctica, pero al mismo tiempo contribuía a fortalecer la identidad de las unidades. Los soldados no solamente marchaban juntos: lo hacían siguiendo un mismo ritmo, respondiendo a señales que todos debían conocer y compartiendo melodías que formaban parte de la experiencia colectiva.

Por eso, al reconstruir la figura de San Martín y la campaña libertadora, resulta interesante incorporar este aspecto que durante mucho tiempo quedó relegado frente a los relatos tradicionales sobre las batallas. Los clarines, tambores y bandas fueron parte del funcionamiento cotidiano del ejército y acompañaron momentos decisivos de la lucha por la independencia.

La conferencia de Diego Gonzalo Cejas en el Museo Mitre permitió recuperar justamente esa dimensión menos conocida. Su investigación muestra que el sonido también podía convertirse en una herramienta militar y política. Allí donde avanzaban los soldados de San Martín, la música ayudaba a ordenar sus movimientos, transmitir las instrucciones de los comandantes y mantener vivo el espíritu de las tropas.

Así, el Ejército de los Andes puede ser recordado no solo por el estruendo de las armas y por las grandes batallas que marcaron la independencia sudamericana, sino también por una banda sonora propia. Marchas, toques de guerra, clarines, tambores y canciones patrióticas acompañaron a aquellos hombres durante una de las campañas militares más trascendentes de la historia argentina y latinoamericana.

La música, en definitiva, no estuvo al margen de la gesta sanmartiniana. Formó parte de ella y ayudó a convertir un conjunto de soldados en una fuerza organizada, disciplinada y capaz de actuar coordinadamente en condiciones extremadamente difíciles. En palabras que sintetizan la investigación presentada en el Museo Mitre, allí donde estuvieron los soldados de San Martín también estuvo presente la música, acompañando sus marchas, sus combates y las victorias que marcaron el camino hacia la independencia.

agosto 17, 2026