Hace nueve décadas, Buenos Aires asistía a la inauguración de uno de los edificios que con el paso del tiempo se convertiría en una de las grandes referencias de la vida cultural porteña. El Teatro Ópera, ubicado en la avenida Corrientes al 860, abrió sus puertas en agosto de 1936 con una propuesta que combinaba música, cine, arquitectura y espectáculo. En aquella primera etapa, la sala fue concebida como un moderno cine-teatro capaz de reunir en un mismo espacio distintas expresiones artísticas. Su inauguración estuvo acompañada por una presentación de Rapsodia en azul, la célebre composición de George Gershwin, y por la proyección de un cortometraje producido por Walt Disney.

La historia del lugar, sin embargo, se remonta mucho más atrás. Antes de que existiera el edificio que hoy conocemos, en ese mismo terreno funcionó el antiguo Teatro de la Ópera, inaugurado el 25 de mayo de 1872. Aquella primera sala había sido proyectada por el arquitecto Émile Landois y estaba pensada principalmente para la representación de obras líricas. Con el tiempo, el edificio fue transformándose y adquiriendo mayor importancia dentro de la escena cultural de la ciudad. En 1888, el arquitecto Julio Dormal llevó adelante una importante remodelación que le otorgó una apariencia más monumental, vinculada al estilo Beaux-Arts.

Durante décadas, el Teatro de la Ópera fue escenario de importantes espectáculos y recibió a destacadas figuras de la cultura. Sin embargo, el crecimiento de Buenos Aires y las modificaciones urbanísticas de la avenida Corrientes terminaron afectando al antiguo edificio. El ensanche de la calle, realizado durante la década de 1930, llevó a la demolición de aquella construcción. El terreno pasó entonces a manos del empresario Clemente Lococo, quien imaginó una nueva sala acorde con los cambios que atravesaba el entretenimiento porteño.

La intención de Lococo no era simplemente reconstruir el teatro que había existido anteriormente. Su proyecto apuntaba a crear un espacio moderno, preparado para responder a las nuevas demandas del público y, especialmente, al crecimiento de la industria cinematográfica. Para concretar esa idea convocó al arquitecto belga Alberto Bourdon, un profesional que había desarrollado una importante trayectoria en la construcción de salas de espectáculos. La obra comenzó en octubre de 1935 y se completó en un período extraordinariamente breve: alrededor de nueve meses. El nuevo edificio fue inaugurado oficialmente el 7 de agosto de 1936, con la presencia de importantes personalidades de la política y la cultura, entre ellas el entonces presidente Agustín P. Justo.

El nuevo Ópera representaba, en muchos sentidos, una ruptura con la tradición arquitectónica de los antiguos teatros porteños. En lugar de reproducir el clásico modelo de teatro a la italiana, el proyecto de Bourdon incorporó las características del Art Déco, un estilo que en aquellos años expresaba modernidad, dinamismo y confianza en el futuro. La fachada fue diseñada con líneas geométricas, volúmenes marcados y una gran marquesina que rápidamente pasó a formar parte del paisaje nocturno de la avenida Corrientes. Su diseño tomó como referencia salas cinematográficas europeas y, particularmente, el Cine Rex de París.

En el interior, el impacto visual era todavía mayor. El edificio contaba con un gran hall de acceso de triple altura, escaleras monumentales y distintos niveles que se comunicaban mediante balcones y estructuras curvas. Mármol, bronce, vidrio y elementos geométricos contribuían a crear una atmósfera completamente diferente de la que ofrecían los teatros tradicionales. El objetivo era que el espectador comenzara a vivir la experiencia del espectáculo desde el momento en que atravesaba la entrada.

La sala principal tenía capacidad para aproximadamente 2.500 personas y estaba preparada para recibir tanto funciones teatrales como conciertos y proyecciones cinematográficas. Pero uno de sus mayores atractivos era la particular decoración que convertía al Ópera en un verdadero “cine atmosférico”. El techo representaba un cielo nocturno lleno de estrellas y podía complementarse con efectos visuales que simulaban el movimiento de las nubes. De esta manera, asistir a una función no significaba únicamente sentarse frente a un escenario o una pantalla: también suponía ingresar a un espacio cuidadosamente diseñado para generar una sensación de fantasía.

En ese contexto debe entenderse la elección del programa inaugural. Rapsodia en azul, compuesta por George Gershwin en 1924, representaba una combinación novedosa entre la tradición de la música de concierto y las influencias del jazz estadounidense. La obra se había convertido en una de las composiciones más reconocidas de la música del siglo XX y simbolizaba, además, el espíritu moderno y urbano que el nuevo Ópera buscaba transmitir. La inclusión de una obra de esas características en la inauguración reforzaba la idea de que la sala nacía vinculada con las nuevas tendencias culturales internacionales.

A la música se sumó otro componente fundamental de la cultura popular de aquel período: el cine. La presencia de un cortometraje de Walt Disney en el programa inaugural muestra hasta qué punto el Ópera estaba pensado como una sala capaz de integrar diferentes lenguajes artísticos. El cine de animación comenzaba a ocupar un lugar cada vez más importante en el entretenimiento internacional y Disney se encontraba en plena expansión. La combinación de música sinfónica, cine y una arquitectura espectacular permitía ofrecer al público una experiencia que respondía al espíritu de una Buenos Aires que buscaba modernizarse y acercarse a las grandes capitales culturales del mundo.

La importancia del edificio no puede separarse, además, del contexto de la avenida Corrientes. Durante las décadas siguientes, esa arteria se consolidaría como uno de los principales centros de la vida nocturna y cultural porteña. Teatros, cines, librerías, cafés y restaurantes fueron formando un circuito que convirtió a Corrientes en uno de los lugares más representativos de Buenos Aires. El Ópera quedó incorporado a ese paisaje y se transformó en uno de sus edificios más reconocibles.

A lo largo de su historia, la sala recibió a numerosas figuras nacionales e internacionales. Por su escenario pasaron artistas de distintas disciplinas y generaciones, entre ellos Ava Gardner, Édith Piaf y Mina Mazzini, además de importantes referentes argentinos como Mercedes Sosa, Ariel Ramírez y Los Abuelos de la Nada. Esa diversidad demuestra que el Ópera nunca estuvo limitado a un único género: su historia se fue construyendo a partir del encuentro entre el teatro, la música, el cine y los grandes espectáculos.

Con el paso de los años, el edificio también atravesó diferentes transformaciones. Una de las modificaciones más importantes ocurrió en la década de 1990, cuando fue remodelado para convertirse en una sala especialmente preparada para recibir grandes producciones musicales. La reapertura tuvo como protagonista a La Bella y la Bestia, y posteriormente llegaron títulos de enorme repercusión como Los Miserables, Chicago y El Fantasma de la Ópera. Así, el histórico espacio consiguió adaptarse a nuevas formas de producción y a un público que continuaba buscando espectáculos de gran escala.

La historia del Ópera también estuvo atravesada por debates relacionados con su identidad y su patrimonio. Durante algunos años el edificio adoptó nombres comerciales vinculados con sus patrocinadores, una práctica que generó críticas entre vecinos y defensores del patrimonio porteño. Finalmente, la denominación histórica fue preservada y el edificio quedó reconocido institucionalmente como un lugar de valor cultural y arquitectónico para la ciudad. La sala forma parte de los espacios protegidos de Buenos Aires y fue declarada Monumento Histórico Nacional.

Por eso, recordar la apertura del Ópera de 1936 implica mucho más que recuperar una fecha del calendario. Significa volver a un momento en el que Buenos Aires estaba cambiando rápidamente y en el que la arquitectura, el cine, la música y los nuevos espectáculos comenzaban a modificar la relación del público con el entretenimiento. El edificio de Bourdon fue concebido precisamente como una expresión de esa transformación: una construcción moderna, monumental y destinada a ofrecer una experiencia diferente.

Noventa años después, aquella combinación inicial continúa siendo parte de la identidad del lugar. La música de Gershwin, el cine de Disney y la espectacular arquitectura del nuevo edificio formaron una inauguración que sintetizó varias de las tendencias culturales de su época. La elección de Rapsodia en azul no fue un detalle menor: su mezcla de tradición y modernidad encajaba con el espíritu de una sala que pretendía representar el futuro del espectáculo en Buenos Aires.

Desde aquel agosto de 1936 hasta la actualidad, el Teatro Ópera atravesó distintas etapas, modas, crisis y renovaciones, pero conservó su lugar dentro de la memoria cultural de la ciudad. Su historia se encuentra ligada tanto a los grandes artistas que pasaron por su escenario como a las transformaciones urbanas que modificaron la avenida Corrientes. El edificio actual es, en definitiva, el resultado de varias historias superpuestas: la del antiguo Teatro de la Ópera del siglo XIX, la de la expansión de la industria cinematográfica, la del Art Déco porteño y la de las sucesivas generaciones que hicieron de Corrientes uno de los principales escenarios culturales de Buenos Aires.

A nueve décadas de aquella inauguración, el Ópera continúa funcionando como un símbolo de la capacidad de Buenos Aires para reinventar sus espacios culturales sin perder completamente la memoria de lo que fueron. El espectáculo que marcó su nacimiento reunió música, cine y tecnología escénica en una misma noche. Esa combinación, que en 1936 podía parecer novedosa y hasta futurista, terminó convirtiéndose en el punto de partida de una de las historias más extensas y reconocibles de la avenida Corrientes.

La celebración de sus 90 años permite entonces recuperar no solamente la historia de una sala, sino también la de una ciudad que durante el siglo XX convirtió al espectáculo en una parte esencial de su identidad. El Teatro Ópera nació en un período de profundas transformaciones y consiguió acompañarlas durante décadas. Su fachada, su arquitectura, sus escenarios y los artistas que pasaron por allí forman parte de una memoria colectiva que continúa vigente. En ese sentido, aquella primera noche de 1936, con Gershwin y Disney como protagonistas, puede entenderse como el comienzo de una nueva etapa para un nombre que ya tenía más de medio siglo de historia y que, desde entonces, se consolidó como uno de los grandes emblemas culturales de Buenos Aires.

agosto 23, 2026