El barrio porteño de Barracas perdió uno de sus espacios más emblemáticos. El histórico bar Los Laureles cerró definitivamente sus puertas después de más de 130 años de actividad, poniendo punto final a una historia que comenzó en 1893 y que atravesó distintas etapas de la vida social y cultural de Buenos Aires. El lugar, reconocido por su vínculo con el tango, las milongas y la identidad barrial, se encontraba en la esquina de Iriarte y Gonçalves Díaz.

La noticia representa mucho más que el cierre de un establecimiento gastronómico. Para los vecinos y para quienes durante años frecuentaron el lugar, Los Laureles era parte del patrimonio cotidiano de Barracas. Allí funcionaron distintas propuestas a lo largo de su extensa historia y se desarrollaron actividades que excedían ampliamente el servicio de comidas y bebidas. El bar se convirtió en un punto de encuentro para músicos, artistas, trabajadores, vecinos y amantes del tango.

Fundado el 11 de octubre de 1893, Los Laureles nació en una Buenos Aires muy diferente de la actual. En sus primeros años funcionó como pulpería y almacén de ramos generales, una modalidad comercial muy vinculada a la vida de los barrios porteños de finales del siglo XIX. Con el paso del tiempo, el establecimiento fue transformándose hasta adquirir las características de un bodegón y, posteriormente, consolidarse como un espacio asociado al tango y a las milongas.

Su historia quedó estrechamente ligada a numerosos protagonistas de la cultura popular argentina. Por sus mesas pasaron figuras de distintas disciplinas, entre ellas el cantor Ángel Vargas, el poeta y letrista Enrique Cadícamo, el artista Benito Quinquela Martín, el boxeador Oscar “Ringo” Bonavena y el dirigente socialista Alfredo Palacios. La presencia de personalidades tan diversas ayudó a construir la identidad particular del lugar, donde convivieron durante décadas el arte, la política, el deporte y las tradiciones populares.

Los Laureles también consiguió conservar una atmósfera que con el paso del tiempo se volvió cada vez más difícil de encontrar en la Ciudad de Buenos Aires. Su estética, sus objetos antiguos y su relación con el tango contribuían a mantener viva una imagen de la ciudad vinculada con el arrabal y con las antiguas reuniones de barrio. Para muchos visitantes, entrar al establecimiento significaba encontrarse con una parte de la historia porteña que todavía permanecía activa.

La pandemia de coronavirus significó un golpe especialmente duro para el establecimiento. Como ocurrió con numerosos bares, restaurantes y espacios culturales, la ausencia de público obligó a suspender la actividad. Sin embargo, Los Laureles logró reabrir en octubre de 2021, cuando dos vecinos de Barracas, Sergio Mosquera y Claudio Sodini, apostaron por recuperar el espacio y devolverle su funcionamiento como bodegón ligado a la música y a las tradiciones del barrio.

Con la reapertura regresaron las actividades culturales. Las milongas, los espectáculos de tango y las peñas folklóricas formaron parte de la propuesta con la intención de conservar el espíritu original del establecimiento. La idea era que el bar pudiera seguir funcionando como un lugar de encuentro para los habitantes de Barracas y, al mismo tiempo, como un sitio capaz de atraer a personas interesadas en conocer una expresión auténtica de la cultura porteña.

Pero sostener un comercio de estas características se volvió cada vez más complicado. El sector gastronómico atraviesa desde hace tiempo dificultades relacionadas con el incremento de los costos, las tarifas, los precios de los insumos y la disminución del consumo. En ese contexto, mantener abierto un establecimiento histórico implica afrontar gastos elevados al mismo tiempo que una parte importante de la población reduce sus salidas a bares, restaurantes y espectáculos.

Los propios responsables de Los Laureles comunicaron la decisión de cerrar mediante un mensaje en el que destacaron el esfuerzo realizado durante los últimos años. Según explicaron, sostener el proyecto demandó un compromiso permanente y una fuerte dedicación. También remarcaron el valor afectivo y cultural que tenía el establecimiento para quienes trabajaron allí y para todas las personas que lo visitaron.

El cierre resulta todavía más significativo porque Los Laureles formaba parte del grupo de establecimientos reconocidos oficialmente como “Bares Notables” de la Ciudad de Buenos Aires. Esa distinción contempla aspectos como la antigüedad, las características arquitectónicas y el valor cultural de los locales. El bar compartía esa categoría con establecimientos históricos como el Café Tortoni, Las Violetas, 36 Billares y La Biela.

Sin embargo, el reconocimiento patrimonial no fue suficiente para garantizar su continuidad. La declaración como Bar Notable significó el reconocimiento de su importancia histórica y cultural, pero no evitó que el establecimiento tuviera que enfrentar las dificultades económicas que afectan actualmente a muchos comercios tradicionales.

El caso de Los Laureles forma parte, además, de una problemática más amplia. En distintos puntos de la Ciudad de Buenos Aires, bares, restaurantes, tanguerías, milongas y otros espacios culturales han tenido que cerrar o reducir sus actividades debido a la caída del consumo y al aumento de los costos de funcionamiento. El fenómeno genera preocupación porque estos lugares cumplen una función que no siempre puede medirse únicamente en términos económicos.

Un bar histórico no es solamente un negocio. Durante décadas puede convertirse en un espacio donde se encuentran generaciones, donde se transmiten costumbres y donde se conservan relatos que difícilmente sobrevivan de otra manera. En lugares como Los Laureles, una mesa puede haber sido escenario de una conversación familiar, de una reunión de amigos, de una noche de tango o del encuentro entre personas que forman parte de distintas generaciones del mismo barrio.

Barracas, además, posee una identidad histórica muy marcada dentro de Buenos Aires. Su cercanía con La Boca y su pasado ligado a la actividad industrial y al movimiento de trabajadores hicieron del barrio un territorio con una fuerte tradición cultural. En ese escenario, Los Laureles logró convertirse en uno de los espacios que mejor representaban la memoria del sur porteño.

El establecimiento también tuvo presencia en producciones audiovisuales argentinas. Su particular estética y su ambiente tradicional hicieron que fuera elegido como escenario para distintas películas y producciones vinculadas con la cultura popular y la historia del país. Entre ellas aparecen referencias a películas como “Gatica, el Mono” y “Tita de Buenos Aires”, además de otras producciones que encontraron en el bar una ambientación difícil de reproducir artificialmente.

De esta manera, Los Laureles consiguió trascender las fronteras de Barracas. El lugar pasó de ser una pulpería de finales del siglo XIX a convertirse en un bar, bodegón, espacio de tango y sitio de referencia para quienes buscaban conocer una parte de la Buenos Aires tradicional. Su historia atravesó gobiernos, crisis económicas, transformaciones urbanas, cambios en las costumbres y distintas generaciones de porteños.

El anuncio del cierre generó tristeza entre vecinos, artistas y habitués. La despedida estuvo acompañada por un reconocimiento a todas las personas que hicieron posible que el establecimiento siguiera funcionando durante los últimos años: trabajadores, músicos, clientes, proveedores y vecinos que continuaron eligiendo el lugar incluso en momentos difíciles.

La pérdida de Los Laureles vuelve a poner sobre la mesa el debate acerca de qué mecanismos existen para preservar los espacios históricos de la ciudad. El reconocimiento patrimonial es importante, pero casos como este muestran que la conservación de un edificio o de un nombre no necesariamente garantiza la continuidad de las actividades que le dieron significado. Para que estos lugares puedan permanecer abiertos, necesitan también condiciones económicas que permitan sostener su funcionamiento.

El cierre de Los Laureles deja así una imagen difícil de ignorar: las persianas de un bar que abrió sus puertas en 1893 y que llegó a estar a pocos meses de cumplir 133 años de existencia. Durante todo ese tiempo, el establecimiento fue cambiando junto con Buenos Aires, pero logró conservar una identidad propia basada en la música, el encuentro y la memoria.

Ahora el bar ya no recibirá nuevas mesas, milongas ni espectáculos. Sin embargo, la historia acumulada durante más de un siglo permanece en quienes pasaron por allí y en la memoria colectiva del barrio. Los Laureles deja de funcionar como comercio, pero su recorrido forma parte de la historia cultural de Barracas y de la ciudad.

Su cierre también funciona como una señal de alerta sobre la situación de otros espacios tradicionales que todavía intentan sobrevivir. Cada persiana que baja definitivamente supone la desaparición de un lugar de encuentro y, en algunos casos, de una parte irreemplazable de la identidad porteña. La historia de Los Laureles demuestra que conservar el patrimonio no consiste solamente en mantener edificios antiguos, sino también en proteger los espacios donde las tradiciones pueden seguir desarrollándose.

Después de más de 130 años, aquel antiguo establecimiento nacido como pulpería llega al final de su recorrido comercial. Quedan sus fotografías, sus recuerdos, las historias de quienes lo frecuentaron y la huella que dejó en generaciones de vecinos. Para Barracas, la despedida de Los Laureles significa perder uno de sus símbolos más reconocibles; para Buenos Aires, representa la desaparición de otro de esos lugares que ayudaban a mantener vivo el vínculo entre la ciudad actual y su pasado.

agosto 9, 2026