En una de las zonas más elegantes de Buenos Aires, donde la avenida Alvear se encuentra con la calle Montevideo, se levanta una construcción que guarda una historia marcada por la riqueza, la política, la religión y la filantropía. Se trata del Palacio Fernández Anchorena, una de las grandes residencias de la Buenos Aires de principios del siglo XX y, actualmente, sede de la Nunciatura Apostólica en la Argentina.
La historia del edificio está estrechamente relacionada con una mujer de enorme influencia durante su época: Adelia María Harilaos de Olmos. Heredera de una considerable fortuna y profundamente vinculada con la Iglesia Católica, llegó a convertirse en una de las principales benefactoras religiosas y sociales de la Argentina. Su relación con el Vaticano fue tan estrecha que, años antes de su muerte, decidió que la residencia en la que había vivido debía quedar en manos de la Santa Sede.
El palacio había sido proyectado a comienzos del siglo XX por el arquitecto francés Édouard Le Monnier, por encargo del matrimonio formado por Juan Antonio Fernández y Rosa Irene de Anchorena. La construcción comenzó en 1907 y quedó terminada hacia 1909. Los propietarios habían pensado en utilizarla como una residencia acorde con su posición social, pero finalmente nunca llegaron a instalarse allí de manera permanente. La vida del matrimonio transcurría principalmente en París y el enorme inmueble quedó durante años bajo la administración de personal doméstico.
El destino de la mansión comenzó a cambiar en 1922, cuando fue alquilada por Marcelo Torcuato de Alvear, recientemente elegido presidente de la Nación. Alvear y su esposa, la soprano Regina Pacini, ocuparon el palacio durante aproximadamente un año. Sin embargo, la residencia resultó demasiado ostentosa para sus necesidades y la pareja terminó trasladándose a una vivienda más modesta en el barrio de Belgrano.
Fue entonces cuando apareció en escena Adelia Harilaos de Olmos. Viuda del empresario y dirigente político cordobés Ambrosio Olmos, Adelia pertenecía a una de las familias más acomodadas de la sociedad argentina. Su matrimonio le permitió acceder a una enorme fortuna y, tras enviudar, quedó al frente de un patrimonio que incluía extensas propiedades rurales.
Pero el dinero no fue el único aspecto que definió su vida. Adelia desarrolló una intensa actividad benéfica y religiosa. Parte importante de su patrimonio fue destinada a obras sociales, instituciones educativas, templos y proyectos destinados a personas de bajos recursos. También impulsó iniciativas relacionadas con las mujeres trabajadoras, entre ellas comedores y programas de asistencia. Diversas investigaciones atribuyen a su iniciativa alrededor de 42 grandes obras, muchas de ellas vinculadas con la Iglesia y la ayuda social.
En 1925, Adelia alquiló el Palacio Fernández Anchorena. La elección no fue casual: conocía la propiedad y había quedado fascinada con sus dimensiones y su arquitectura. Allí comenzó una nueva etapa de su vida, rodeada de reuniones sociales, figuras políticas y representantes de la alta sociedad porteña.
Aunque durante varios años fue solamente inquilina, su vínculo con la residencia se volvió cada vez más profundo. Incluso intentó adquirir otro palacio situado en las inmediaciones cuando los propietarios del Fernández Anchorena se resistieron inicialmente a venderlo. Finalmente, después de la muerte de los dueños originales, consiguió comprar la mansión en 1942. El edificio, de unos 5000 metros cuadrados, pasó a ser definitivamente suyo.
Adelia tampoco vivió sola en aquella enorme residencia. Después de la muerte de una de sus sobrinas, decidió hacerse cargo de sus cinco hijos y los llevó a vivir con ella. De esta manera, el palacio se convirtió no solamente en el escenario de sus actividades sociales y religiosas, sino también en el hogar de una familia que quedó bajo su protección.
Sin embargo, fue su relación con la Iglesia Católica la que terminaría marcando el destino definitivo de la propiedad. Durante la década de 1930, Adelia realizó importantes contribuciones económicas a instituciones religiosas. Uno de los episodios más destacados ocurrió cuando la Iglesia solicitó apoyo internacional para la reconstrucción de la Universidad Gregoriana de Roma. La argentina realizó una donación millonaria que contribuyó a consolidar su prestigio dentro de los círculos eclesiásticos.
Su cercanía con el Vaticano aumentó aún más cuando Buenos Aires fue elegida como sede del XXXII Congreso Eucarístico Internacional, realizado en 1934. Adelia tuvo una participación importante en la organización del acontecimiento y puso parte de sus recursos a disposición del proyecto. Incluso vendió una estancia para contribuir a financiar las actividades relacionadas con el Congreso.
El Palacio Fernández Anchorena tuvo entonces un papel central. La residencia fue puesta a disposición de la delegación enviada por el Vaticano y allí se alojó el cardenal Eugenio Pacelli, quien había llegado a Buenos Aires como representante papal. Años más tarde, Pacelli sería elegido papa y adoptaría el nombre de Pío XII.
Aquel encuentro fue decisivo para fortalecer el vínculo entre Adelia y la Santa Sede. La millonaria argentina había desarrollado una relación cercana con una de las religiosas que acompañaban a Pacelli, sor Pascualina, quien posteriormente tuvo una importante influencia dentro del entorno del pontífice. Gracias a esa conexión, Adelia consiguió mantener un contacto privilegiado con el Vaticano.
Su reconocimiento dentro de la Iglesia llegó también en forma de títulos honoríficos. En 1930 recibió el nombramiento de condesa pontificia y posteriormente fue reconocida como marquesa pontificia. Estos títulos reflejaban la consideración que había alcanzado debido a sus contribuciones económicas y a su permanente colaboración con distintas iniciativas de la Iglesia.
Pero Adelia no se limitó a donar dinero. Su actividad filantrópica tuvo una dimensión concreta en Buenos Aires y otras localidades. Impulsó la construcción de iglesias, colaboró con instituciones de asistencia y promovió proyectos destinados a sectores vulnerables. Su fortuna fue utilizada en buena medida para financiar obras que buscaban mejorar las condiciones de vida de personas que se encontraban lejos de los privilegios de las grandes familias porteñas.
En sus últimos años, Adelia comenzó a definir qué sucedería con su patrimonio después de su muerte. El 13 de noviembre de 1947 redactó un testamento en el que dejó establecido el destino de buena parte de sus bienes. Entre las disposiciones más importantes se encontraba la donación del Palacio Fernández Anchorena a la Santa Sede.
La decisión tenía una condición muy clara: la propiedad debía convertirse en la sede de la Nunciatura Apostólica en la Argentina, en recuerdo de la visita de quien años antes había sido el cardenal Pacelli y posteriormente se convertiría en Pío XII. De esta manera, la mansión que originalmente había sido concebida como residencia privada de una familia aristocrática pasaría a tener una función diplomática y religiosa.
Adelia murió el 15 de septiembre de 1949, a los 84 años. Su voluntad comenzó a materializarse poco después y, desde abril de 1952, el palacio funciona como sede de la representación diplomática de la Santa Sede en el país y residencia del nuncio apostólico. La propiedad conserva además numerosos elementos relacionados con la antigua dueña, entre ellos parte del mobiliario, vajilla y objetos que permiten reconstruir la vida cotidiana de quien alguna vez fue una de las mujeres más poderosas y ricas de la Argentina.
El edificio también fue protagonista de acontecimientos históricos de enorme relevancia. Durante sus visitas a la Argentina, el papa Juan Pablo II utilizó la Nunciatura como residencia. En 1982, en plena Guerra de Malvinas, permaneció allí durante su visita al país. Años más tarde regresó a la Argentina y volvió a utilizar la residencia como centro de sus actividades.
En 2002, el Palacio Fernández Anchorena fue declarado Monumento Histórico Nacional, reconocimiento que puso en valor no solamente sus características arquitectónicas, sino también el papel que tuvo en distintos momentos de la historia argentina. El inmueble es, de alguna manera, un testimonio de la transformación de Buenos Aires: nació como residencia aristocrática, fue hogar presidencial, se convirtió en la casa de una poderosa benefactora y terminó transformándose en la sede diplomática del Vaticano.
La historia de Adelia Harilaos de Olmos, por su parte, excede ampliamente la de una mujer millonaria que poseía una mansión en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Su figura reúne aspectos contradictorios y fascinantes: una enorme fortuna, una intensa vida social, una profunda devoción religiosa, una extensa actividad filantrópica y una extraordinaria capacidad para relacionarse con los sectores más influyentes de la política y la Iglesia.
Su legado permanece hoy en distintos edificios y obras, pero probablemente ninguno represente mejor su historia que aquel palacio de la avenida Alvear. Allí pasó buena parte de su vida, recibió a importantes personalidades y participó de acontecimientos religiosos que trascendieron las fronteras del país. Y allí decidió dejar una parte fundamental de su patrimonio para que el lugar siguiera vinculado con aquello que había ocupado un lugar central en su vida: su relación con la Iglesia Católica.
Más de siete décadas después de su muerte, la antigua residencia continúa cumpliendo la función que Adelia imaginó en su testamento. El Palacio Fernández Anchorena sigue siendo la casa del representante del Vaticano en la Argentina y conserva, entre sus salones y jardines, las huellas de una mujer cuya fortuna terminó transformándose en edificios, instituciones y obras de beneficencia.
Así, detrás de la imponente fachada de una de las mansiones más llamativas de Buenos Aires existe una historia mucho más amplia. Es la historia de una época en la que las grandes fortunas podían influir en la vida política, social y religiosa del país, pero también la de una mujer que eligió utilizar buena parte de su patrimonio para construir un legado que sobreviviera a su propia vida.
